• Twitter
  • Facebook
  • RSS Feed

miércoles, 10 de julio de 2013

El día en que casi me mataron: Segunda parte

3 comentarios:
 

Aquel día parecía comenzar como otro cualquiera, pero acabaría de una manera muy distinta. Uno de los representantes de la organización que me habían cedido la casa devolvió mi llamada de la noche anterior. Les conté lo sucedido y escandalizado me comunicó que otro trabajador de la ONG, Claude, instalado en el norte de Ruanda, viajaría hasta Kigali para solucionar el problema. Yo me preparé como cada mañana y abandoné la casa para hacer mi investigación diaria en el centro de la ciudad.


Mientras redactaba mi informe recibí una llamada de Claude. Había arribado a la capital y se encontró a Kasimu en las mismas condiciones en que yo lo había descrito anteriormente: inconsciente, ebrio, dormido, negándose a despertar. Claude y yo quedamos en una cafetería y me explicó la situación:

“Le hemos quitado la llave del interior de la casa, pero mientras encontramos a un nuevo guarda que lo sustituya en los próximo dos o tres días, Kasimu seguirá encargado de la verja de la casa. No te preocupes, que esta noche dormiré en la casa, dado que no me da tiempo a volver al norte hoy mismo.”

Alrededor de las 7 o las 8 de la tarde, ya completamente oscuro, llegué a la casa. Claude estaba en el centro de Kigali viendo un partido de la Eurocopa. Abrí la cancela recordando la noche anterior. Me crucé con Kasimu al que saludé sobria y fríamente antes de meterme en la casa. Me instalé en el salón donde encendí la televisión y preparé el libro que aquella noche deseaba leer. Antes de sentarme en el sofá, abrí la puerta corredera de cristal que daba al jardín olvidando después cerrarla con pestillo…


 Una vez recostado en el sofá, leyendo y con la televisión de fondo, vi como esa puerta se deslizaba hacia un lado dejando que se colara el aire. Kasimu entró. Yo murmuré “¿Qué estás haciendo?” La mitad de su cuerpo aún permanecía fuera y no me oyó. Quedé inmóvil y en silencio contemplando lo que hacía. Se introdujo en el salón dándome la espalda, sin cruzar mirada… cerró la puerta… echó el pestillo, “clack”… corrió las cortinas (éste fue el momento más aterrador)… sin volverse hizo un gesto con la mano derecha por el que sacaba algo y lo preparaba con pequeños movimientos… se giró 90 grados…

Fue entonces cuando lo vi. Un cuchillo de cocina con larga y ancha hoja. Quedé fulminado, paralizado, incapaz de pronunciar palabra ni de desplazarme. Desde que corrió las cortinas sentí que algo malo iba a ocurrir. Esas sospechas se hicieron evidentes mientras preparaba el cuchillo y finalmente se materializaron cuando pude ver aquella arma blanca. Presentí la muerte. Mi postura, recostado en el sofá, no me permitía saltar ni salir corriendo. Él estaba a apenas dos metros de mí. Yo además me hallaba flanqueado por dos sofás y una mesa. En cualquier momento se giraría, saltaría sobre mí y me hincaría el cuchillo. No había escapatoria.

El destino quiso que su nuevo estado de embriaguez (que después pude comprobar) le hiciera caminar de frente sin cruzar mirada conmigo pasando así de largo sin verme… por muy cerca que estuviera. Cuando calculé que se alejaba unos 5 metros de la puerta corredera di un salto, abrí el pestillo y escape. Corrí hasta la cancela que daba a la calle. Me temblaba el pulso. No era capaz de encajar la llave en la cerradura. Estaba abierta. Salí. El corazón me palpitaba como jamás lo había hecho antes. Kasimu, desconcertado, salió por la puerta de la cocina y caminó hasta la calle. Le insté a que se alejara. Los guardias de cada casa se asomaban entre risas: el blanco se había vuelto loco… Su actitud cambió al ver el cuchillo que Kasimu aún portaba firmemente.

Con gestos le hice entender que no entraría en la propiedad si no depositaba el arma sobre uno de los pilares que escoltaban la verja. Así lo hizo. Entré en la parcela y me detuve sobre el césped del jardín, a una distancia prudencial del guarda.

“¿Qué haces? ¿Qué pretendes? Estás loco.”

Aturdido y con gestos trataba de explicar que se trataba de un mal entendido. Sin embargo Kasimu no tenía ya derecho ni razón para entrar en la casa. Jamás le había visto con ese cuchillo. Nunca, con el objetivo de protegerme a mí o a la casa había portado un arma. Mucho menos en el interior de la residencia. ¿Por qué cerrar el pestillo desde dentro? ¿Por qué preparar el cuchillo una vez en el interior de la vivienda? Nuevamente, estaba borracho. Días después varias personas me hablaron del efecto perjudicial que tenía el alcohol en aquellos que vivieron el genocidio y como estos espirituosos podían hacer que los recuerdos más macabros de aquella tragedia tomaran vida.

El mismo guardia francófono que me había ayudado la noche anterior se asomó al otro lado de la valla y preguntó que qué sucedía. Le expliqué lo ocurrido y comenzó a espetar a Kasimu y a recriminarle sus acciones y su locura. La conversación se prolongó. Kasimu permanecía inmóvil, con la mirada absolutamente perdida. Admitió su estado de embriaguez y en un momento de arrebato se despojó de su ropa y quedó con el torso al descubierto. Asió el cuchillo y corrió hacia mí. Refugiado en la esquina del jardín rodeada por la valla de la casa vecina con el guarda francófono y la verja que daba a la calle me dispuse a saltar mientras mi improvisado guardaespaldas elevaba una porra arrojándose parcialmente sobre la valla para protegerme de Kasimu. Ya en la calle me alejé cuanto pude mientras Kasimu lanzaba el arma como si de una bala perdida se tratara. El guardia de otra casa salió de la propiedad que defendía para recoger el cuchillo del suelo y asegurarse que no podría volver a cogerlo.

Kasimu no volvió a mirarme a los ojos. Inmóvil en la entrada intentaba entender lo que había hecho. Un vecino salió en mi auxilio asegurándome que aquella noche la pasaría en su casa. Llamé a Claude que se presentó allí inmediatamente. Decidimos pedir ayuda a la policía. Muchas comisarías de Ruanda no cuentan con los recursos para costearse un coche patrulla. Por ello Claude y yo fuimos personalmente en el coche de la ONG a buscar a la policía. Al explicar lo sucedido el comisario describió la situación como doblemente grave por lo siguiente:

“Se trata de un caso de violencia, pero además también se trata de un muzungu; es decir, un blanco.”


Tres policías entraron en el automóvil. Llegamos a la casa donde los guardias vecinos aseguraban la permanencia de Kasimu. Los agentes lo desnudaron parcialmente para comprobar que no iba armado. Lo metieron en el coche al que yo me negué a volver y lo encerraron en el calabozo. Una vez acabado el plazo máximo de detención sin denuncia (los representantes de la ONG volvieron tres días más tarde), Kasimu fue liberado y su mujer se lo llevó a su región natal en el noreste del país. Nunca más se supo de él. Un nuevo guardia, Wilson, entró a cuidar de la casa. Yo pasé días revisando cada cuarto al volver a casa. Nunca olvidaré aquella noche, ni aquello que sentí al verle entrar, cerrar, correr las cortinas y mostrar el cuchillo.

3 comentarios:

  1. Me encanta tu blog, y me encantaría ponerme con fan sitie y lo he recomendado en Google Plus, pero no me deja seguirte y me da error la página de Facebook :( mi blog es siracusina.blogspot.com tengo una entrevista a Shane O ´Doherty ex miembro de IRA, y la verdad me gustaría hacerte una entrevista, cuidate!!

    ResponderEliminar
  2. oooh my God. I didn't know that. why don't you told me before. happened after moving there? but if am sure there is a time you called me at night ask me to translate with gatekeeper. is that the time? sorry for that.

    ResponderEliminar
  3. Me encanta tu blog...estoy documentandome para una novela y no sabes lo mucho que me sirven tus anécdotas, impresiones y experiencias.... Muchas gracias!

    ResponderEliminar

El Mundo Es Demasiado Grande

El Mundo Es Demasiado Grande
Se ha producido un error en este gadget.
 
© 2012. Design by Main-Blogger - Blogger Template and Blogging Stuff