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miércoles, 16 de abril de 2014

La Semana Santa en Málaga

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            Después de un par de años perdiéndome la Semana Santa y viviendo con melancolía estos días he vuelto a mi tierra, a Málaga. La pregunta me resultaba obvia: tras tanta añoranza, ¿merecía la pena? ¿O quizás la memoria y la imaginación han engrandecido la realidad?

He visto muchas tradiciones y manifestaciones culturales en otros países. Muchas de ellas extravagantes y exóticas a los ojos de un occidental. Coloristas danzas, delirios místicos, procesiones de demonios de cartón-piedra. El viajero los mira, los contempla con sombro, hace fotos, sonríe, disfruta y admira. A lo mejor le suscita dudas: ¿Qué sentirán? ¿Qué querrá decir todo esto? ¿Cómo será eso de participar activamente de esta o aquella tradición tan llamativa…?

El pueblo español, y especialmente el andaluz, es uno de los que mejor mantienen y más viven su cultura y folclore en toda Europa. No sólo somos una atracción turística que se expone  en un escaparte y que el visitante fotografía. Nosotros, como tantas tribus, minorías y culturas del mundo quizás menos occidentalizadas somos protagonistas y depositarios de un acervo cultural realmente vivo.

Una vez al año, gran parte de la población malacitana, agrupada mayoritariamente en las 39 cofradías, se lanza a la calle para ver o hacer ver. Para llevar un capirote, un incensario o un trono. Es la Semana Mayor, una semana intensa, llena de arte, espiritualidad y tradición. Tiempo en que se retoman aquellas costumbres que abrazamos desde pequeños.




La Semana Santa encierra nuestro espíritu infantil, pues éramos niños cuando empezamos a callejear por primera vez. Éramos menos que adolescentes cuando pisamos esas callejuelas hasta entonces desconocidas para evitar el bullicio y acercarnos antes al Cristo que atraviesa una u otra calle. Cuando un primo mayor nos invita acompañarlo a encerrar el Prendimiento Cuando organizamos la primera pandilla y nos colamos entre las promesas que siguen al gitano más moreno, al Señor de la Columna. Antes ya habíamos hecho nuestros pinitos con una trompeta de un carrillo de la calle que nuestra madre nos regaló mientras esperábamos la llegada de la Virgen de Gracia. Recordamos nuestro primer limón cascarúo que de lejos trata de emular la amargura del Señor. Al negociar con la regenta del puesto: ¿sal? ¿Bicarbonato? En cualquier caso hinca las paletas por la parte blanca para dañar menos el esmalte de los dientes y aguanta los lagrimones.




Es esa emoción inesperada al ver subir a la Virgen del Amparo y su palio de rejilla por Dos Aceras la que enjuaga tus ojos. La misma que acompaña al Señor que cada año entra en Málaga montado en una Pollinica trayendo buenas nuevas.




La gente va al cine a ver películas de miedo buscando esa adrenalina que sienten durante la escena de máximo suspense. Los malagueños salen a la calle buscando ese escalofrío al ver a centenares de hombres de trono cantando la Salve  la Virgen del Rocío delante del pueblo en su Tribuna de los Pobres. Es ese escalofrío que se extiende de pies a cabeza que nadie sabe de dónde viene. ¿Se habrá levantado aire? Nos ceñimos un jersey o la chaqueta, pero el escalofrío persiste.




La Semana Santa es como una fiesta a la que te invitan cada año. Si estás enfermo o fuera por trabajo te la has perdido y los amigos te llaman con el  ruido de la celebración de fondo para decirte qué éxito está siendo. Nos quemamos por dentro sabiendo que no estamos donde hay que estar. Los que sí tienen la suerte de asistir disfrutan como invitados al gran festejo. Pero son los que cubren su cara o arriman el hombro los que se sienten anfitriones, parte de la organización que tantos escalofríos regala a los espectadores.

Es así como llega tu día. Quieres estar descansado y reponer fuerzas para llevar tu estación de penitencia con la máxima dignidad posible. De nuevo recuerdas que de pequeño tenías licencia para beber más Coca-Colas de las debidas y alimentarte de azúcar refinada y de almendras garrapiñadas. Un bastón, un cetro, una vela, un trono… Ves desde dentro, gozando del más puro anonimato que te permite ser tú con Él. Los que te rodean miran a lo alto, sus bocas se abren como medio pasmados y sólo logran cerrarla al besar su pulgar cuando terminan de santiguarse. El esfuerzo da sus frutos y la ciudad ha vuelto a sentir ese momento casi místico que a veces olvidan el resto del año… menos es nada, ¿y quién quiere ser fariseo para decirles a otros como rezar y sentir?




¿Quién es esta gente que grita guapo al Cristo de la Sentencia? ¿A un trozo de madera? La pregunta más repetida… Si el creyente piensa que Dios se hizo de carne y hueso para dar un mensaje, para poder tocarlo, para sentirlo y oírlo… ¿Por qué le va a ofender que usemos su imagen para que nos evoque, que nos recuerde lo que sufrió y padeció? Si el Cristianismo nos cuenta que Dios aceptó la limitación humana de tener que ver para creer hasta el punto de venir Él mismo en persona… ¿Por qué rebelarnos ante una expresión de fe que utiliza una boya, un ancla, un apoyo tan material y tangible? No es un tótem, no creemos que la madera se haya hecho Dios, tampoco pensamos que la misma encierre su espíritu… nadie puede apoderarse de Él. Sí creemos que es la foto de nuestro difunto padre o abuelo que nos recuerda que existe y nos facilita hablar con él. No hay que fustigarse por decirle las palabras más bonitas que tenemos a una virgen, ¡guapa!, hay que reconocer simplemente nuestras propias limitaciones.

Y continúa la semana. Y se suceden cofradías con talantes muy diversos. EL júbilo, la alegría, la pasión, el recogimiento, la seriedad y el luto. Cada imagen nos recuerda las virtudes de los titulares. La Señora del jueves nos habla de esperanza, el Cristo de la Expiración nos dice cómo hablar con nuestro Padre hasta en los momentos más angustiosos, la Humillación, a poner la otra mejilla, la Misericordia, a perdonar y a aguantar la cruz aunque nos caigamos, los Milagros, a esperar lo inimaginable, los Dolores Coronada, a sufrir y dar consuelo, el Huerto, a rezar, el Descendimiento, a estar con los nuestros hasta el final, la Cena, a ser Iglesia y el Resucitado nos dará una mejor noticia que la del Domingo de Ramos… ya no visitará nuestra ciudad, sino que viene para quedarse.

El jueves ponemos en práctica todo lo aprendido y discutimos como expertos y tertulianos: velas rizadas ¿sí o no?; marchas ensayadas; las flores más o menos acertadas; pues a mí el pulso sólo para los encierros; ¡por favor a ese Cristo le pega cornetas y tambores y bailar su malagueña! Para cuándo un nuevo manto…  que ya hace falta…




Llega el Viernes Santo y las marchas se hacen más y más fúnebres. La colorida camisa que estrenamos el domingo para que no se nos cayeran las manos parece desentonar en este día. La bola de cera de aquel niño que un día fuimos está más gorda que cuando pasó el Cautivo, Señor de Málaga. Cada año nos cuesta más ver todos los encierros y no perdernos cada esquina que ya tenemos apuntada en nuestra agenda cofrade desde que aquel amigo nos habló de Salutación en San Agustín.


Cerramos la puerta de casa. Nos ponemos cómodos. Ha acabado la Semana Santa. Se terminó el tiempo en que la espiritualidad y el folclore van de la mano en un encuentro tangible con Dios. Hasta el año siguiente. La respuesta a la pregunta inicial es evidente: sí, mereció la pena


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