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jueves, 14 de marzo de 2013

Nuestro Amigo el Ciego - Parte I

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Estábamos descansando, disfrutando de una agradable sobremesa después de la cena en aquel hostal de Benarés. Tres comensales como de costumbre: Miguel, David y yo. Hacíamos un repaso de aquel día en la ciudad santa del hinduismo. La oscuridad de la temprana noche no nos permitía disfrutar de las vistas del Ganges que la ubicación privilegiada del albergue regalaba. También comenzábamos a planificar nuestro siguiente viaje: Calcuta. Nuestros itinerario indicaba que al día siguiente, alrededor de las 5 de la tarde, nuestro tren partiría destino a la ciudad que nos acogería durante nuestra última etapa como mochileros por la India y Nepal, un viaje que habíamos iniciado 3 semanas antes. El plan era hacer un voluntariado con el proyecto de la Madre Teresa de Calcuta. No nos quedaba mucho más que ver en Benarés. Iríamos a dormir, descansaríamos y así estar frescos para un largo viaje en tren de 15 horas. Faltó poco para que algo desbaratase nuestra agenda.

Un camarero se nos acercó y con un inglés bastante rudimentario nos preguntó si algunos de nosotros podía entender y escribir esa misma lengua. Nosotros asentimos. El camarero entonces nos pidió el favor de ayudar a un señor invidente mientras, con un gesto inclusivo, lo introducía en el círculo que habíamos conformado mientras charlábamos.

No recuerdo su nombre, pero jamás olvidaré su cara. El señor, de nacionalidad india, era más bien alto. Vestía enteramente de blanco. Representaba la elegancia misma. Una barba perfectamente arreglada y perfilada. Su gafas negras y opacas desvelaban su condición de invidente. Su pelo canoso bien peinado. Su sonrisa, su disposición, su clase innata y su perfecto inglés revelaban en él algo especial. Se presentó y nos preguntó que qué hacíamos y que de dónde éramos. La sorpresa aumento para nosotros al ver como no sólo localizaba nuestras ciudades (Málaga, Torremolinos y Mijas), si no que conocía su clima, cultura y las contextualizaba en el resto de España. Era un señor culto. Me evocaba a Vittorio Gassman en la película italiana “Profumo di Donna” o quizás a Al Pacino en el remake de la anterior titulada “Esencia de Mujer”.

Tras una breve charla nos pidió que le ayudáramos con una tarea: leerle los e-mails que había recibido y que respondiéramos según él dictaba. Por supuesto accedimos a hacerlo, fuimos a la sala de ordenadores y Miguel empezó a escribir. El primer correo era de una mujer que le decía cuánto lo admiraba y cuánto le servía de ayuda para sobreponerse de sus penas pensando en él cada vez que la vida le jugaba una mala pasada. El ciego, al dictar la contestación, le animaba a seguir adelante y le recordaba, a modo de listado, todo lo que él había tenido que encarar. No dábamos crédito. A medida que aquel señor iba resumiendo su vida, Miguel levantaba la vista para cruzar su mirada con la nuestra, atónita de asombro. Aquel señor era huérfano desde muy pequeño. Nació ciego y a lo largo de su vida ha sufrido numerosas enfermedades e intervenciones quirúrgicas. Creo recordar que derivaban de su sistema digestivo. Los amigos de sus padres se encargaron de su educación y manutención durante su infancia y adolescencia. No estaba casado, no tenía hijos, pero contaba con amistades de todo el mundo que había ido conociendo con el transcurrir de los años.

Conmocionados, habíamos presenciado una versión resumida de una gran vida e historia de superación y coraje. La atmósfera no era la misma; deseábamos saber más. Fue entonces cuando nos contó que estaba inmerso en un proyecto no lucrativo. Quería construir un orfanato para niños donde pudieran vivir y ser educados. Había diseñado mentalmente un local de planta rectangular dividido en 3 espacios: dormitorios, escuela y huerto. Según él, estaba en plena construcción y los cimientos se hallaban al otro lado del río Ganges. Con una sonrisa nos pregunto, “¿os gustaría conocer mi proyecto?”. Nosotros nos miramos y al unísono respondimos “claro”. Le habíamos avisado, sin embargo, de nuestro viaje a Calcuta. Él aseguró que no habría ningún problema. Sólo restaba entonces decidir la hora y el punto de encuentro de la mañana siguiente. El lugar no presentaba inconvenientes ya que nos hospedábamos en el mismo hostal. La hora parecía no conllevar complicaciones teniendo en cuenta que estábamos acostumbrados a madrugar cada mañana para aprovechar nuestro viaje. Fue entonces cuando él nos propuso encontrarnos frente a su cuarto a las 5 de la mañana... Miguel, David y yo nos miramos con cara de espanto por el madrugón y respondimos con un cumplido “sí... por supuesto...”.

Nos despedimos así de nuestro nuevo amigo acompañándolo a su dormitorio. Abrió la puerta. La tenue luz del patio del hostal al que daba su cuarto permitió iluminar vagamente su interior. Algunas de sus pertenencias estaban ordenadas en pequeños pilares en un lateral de la cama. Entendimos que se trataba de aquel meticuloso orden de un invidente. Nuestros estómagos dieron un vuelco al ver como se cerraba la puerta tras de sí, en completa oscuridad, sin encender ninguna luz... ¿Para qué? No debería ser una sorpresa, pero jamás lo habíamos pensado y no dejó de ser impactante.

Sigue leyendo el resto de la historia en Nuestro Amigo el Ciego - Parte II

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