Se trata de una página en la que estudiantes y profesionales de diferentes sectores escriben de manera voluntaria artículos de opinión con vocación didáctica.
Hace un año uno de los miembros del equipo se puso en contacto conmigo para ofrecerme colaborar. Sin embargo, no ha sido hasta ahora que he podido involucrarme como se merecían.
En este artículo hago una reflexión sobre el legado del Tribunal Penal Internacional para Ruanda. ¡Espero que os guste!
Ya he escrito en algún
post anterior que uno de los elementos distintivos de unas y otras tribus
africanas son sus características culturales. Al hablar de cultura nos
referimos a una inmensidad de expresiones y particularidades sociales que
pueden ir desde la espiritualidad hasta el acento. Una de ellas son sus
leyendas.
Una muy buena amiga
keniana me enseñó algunas de estas historias. Ella pertenecía a dos tribus: los
“lúo” por parte de su madre y los “kamba” por su lado paterno. Los “lúo”
pertenecen a la familia de pueblos nilóticos mientras que los “kamba” son bantúes.
El enfrentamiento tribal ya estaba servido. Sin embargo, esta historia de amor demostró
ser más fuerte que las desaprobaciones familiares. Fue más poderosa que los
mismos prejuicios que un europeo podría tener desgraciadamente hoy en día si
uno de sus vástagos se empareja con un gitano, un judío o un negro. Parece todavía
más sorprendente cuando estas pugnas se manifiestan en personas del mismo país,
raza y religión… Pero es así.
De esta osadía nació mi
amiga que, no sólo podía hablar las lenguas oficiales del país: inglés y
suajili, sino que también chapurreaba algo de los idiomas lúo y kamba. Este
bagaje cultural mixto le hizo conocer leyendas preciosas de sirenas y genios de
la cultura suajili que salían desnudas del mar en plena noche y enamoraban a
lugareños de los pueblos costeros que al día siguiente despertaban solos en
sitios insospechados, sin saber cómo llegaron allí.
Pero entre mis historias
favoritas están precisamente una de tradición lúo y otra kamba:
El héroe guerrero de
los lúo se llama Luanda Magere. Vivía con su pueblo en la zona oriental del
lago Victoria. Se trataba de un luchador grande y fuerte. Conocido por su
invencibilidad. No había arma que le hiriese y en cualquier batalla salía
ganador, especialmente contra sus enemigos históricos; el pueblo nandi.
Los nandi decidieron
entregarle la joven más hermosa de su tribu para así descubrir su punto débil y
poder derrotarlo por fin. Luanda Magere la tomó como esposa entendiendo que se
trataba de un acuerdo de paz. El cuerpo de Luanda Magere era en efecto
invencible, pero no así su sombra. La equivocación del gran guerrero lúo fue
revelar su más valioso secreto a su mujer que pronto escapó para contárselo a
su clan. Pronto los nandi iniciaron una ofensiva. La batalla había comenzado y
los agresores volvían a perder como siempre… hasta que uno de sus soldados
decidió seguir las exóticas instrucciones de la joven traidora y arrojó su
lanza contra la sombra de Luanda Magere. El gran guerrero lúo murió
inevitablemente y su cuerpo se convirtió en una roca que hoy es todavía destino
de visitantes y ritos tribales.
Es llamativo ver cómo
este esquema legendario se repite injustamente una y otra vez: la mujer seductora
y traidora. Recuerda a Dalila infame que despojó de su fuerza a Sansón al
cortarle su cabello. O a Adán y Eva con la manzana del Árbol de la Ciencia. No
se nos escapa tampoco el mito del talón de Aquiles y la guerra desencadenada
por Penélope.
Otra bonita leyenda
procede, según me contó, de la tradición kamba. Según ella, un cazador se
adentró en el bosque en busca de un elefante que cazar. Iba solo y después de
varias horas de camino halló tras un árbol una espléndida piel de elefante.
Pensó que sería suficiente trofeo por su día de cacería y que no requería
buscar una pieza que matar. En su camino de vuelta se topó con una preciosa
mujer que caminaba por el bosque totalmente desnuda. Atónito se acercó a ella y
le ofreció refugio. Así la llevó consigo a casa. Se enamoraron y crearon una
familia. Tuvieron varios hijos y todos ellos eran enormes y fuertes. Cerca de
su cabaña había una especie de cobertizo en el que aquel cazador guardaba todo
tipo de artilugios. También guardó allí la piel de elefante que había
encontrado el día que conoció a su esposa. Un día pidió a su mujer que se
acercara a aquella cabaña para que le trajera algo. La mujer, que jamás había
entrado allí se encontró aquella preciosa piel de elefante…
El marido, harto de
esperar salió de su morada y vio perplejo como un gran elefante se alejaba del
poblado… su mujer volvía a casa.
Al
viajar no sólo aprendemos historia, geografía y arte, no solamente nos topamos
con distintas culturas… también nos hallamos rodeados de una manera de vivir la
religión, de dar respuestas a las grandes preguntas de la vida y del universo,
de percibir aquello transcendental a lo que mucho llaman Dios.
A
lo largo de la historia, toda comunidad ha desarrollado su propia comunicación
con Dios. Unos profetas o individuos especialmente espirituales traducían ese
dialogo a la comunidad y los sucesivos creyentes la heredaban. El mundo es rico
en diversidad y no es extraño pensar que cada sociedad haya interpretado o
comprendido de manera diferente a Dios.
La palabra “amor” se expresa con vocablos distintos en cada idioma, pero todos
se refieren a la misma realidad.
La
sociedad actual podría ser dividida en dos grandes grupos de personas: el hombre
ateo, por un lado, y el creyente y agnóstico, por otro. La lectura de la
historia tiene así dos perspectivas.
El
ateo ha sido capaz de encontrar en la psicología y en la mente humana los
mecanismos más insólitos capaces de hasta “crear” a un dios. Está convencido de
que dichos engranajes se pusieron a rodar por la mera necesidad del hombre de
no sentirse solo buscando así un consuelo y un sentido a la vida misma. No
obstante, el hombre, con esos mismos mecanismos no ha conseguido encontrar
otros parches para solventar el resto de desdichas que la propia vida conlleva
de manera natural.
El
creyente, por otro lado, que tiene fe y que siente a Dios, reconoce en el resto
de la humanidad a lo largo de la historia, no un mecanismo artificial para ser
feliz, sino la constatación real de algo que se percibe, algo real, algo
razonable. Un huérfano puede desear tener un padre pero su imaginación no le
permitirá crearlo. De modo contrario, el hijo reconoce a sus progenitores por
su presencia y su relación con ellos. Aquéllos que estén dispuestos y consigan
comunicarse con Dios opinan que su relación con Él es innegable, es obvia, es
la constatación de un hecho.
La
siguiente cuestión es cuál es la religión verdadera. Es la gran pregunta.
Muchos aceptan sin dudar la existencia de Dios, pero las religiones que hablan
de Él o de Ellos parecen contradecirse. Entonces, ¿cuál es la verdadera? Esta
pregunta, se podrá responder de tres maneras:
Una
en cierto modo intransigente: sólo hay una; la mía.
La
segunda formulación tendría que partir en su inicio desde el relativismo
absoluto para ir encerrándose sobre sí misma hasta llegar a la conclusión de
que la suya es acertada.
Finalmente,
aquél que no sea capaz de reconocer la suya como acertada será en realidad
agnóstico; es decir, reconoce o no niega el hecho religioso, pero no ha
formalizado firmemente su relación y la del mundo con Dios ya que sus dudas son
tan grandes como sus certezas.
Ya
que la primera y tercera formulación no dan pie a un ulterior análisis (sino
que concluyen con la simple respuesta “la mía” o “lo ignoro”), podemos seguir
adelante desde la segunda postura relativista. Esta postura pretende conciliar
la posibilidad de que todas las religiones establecen una legítima (y hasta
cierto punto acertada) conexión con la deidad. En la actualidad parece ser una
postura respetuosa, políticamente correcta y que permite el diálogo
interreligioso sin que por ello se niegue la religión propia como adecuada. Así
diríamos que reconocemos la existencia de lo transcendental, algo metafísico
que va más allá de lo puramente material y que por tanto no se rige
forzosamente por las mismas reglas del mundo físico. Dios existe y todas las
comunidades en cada momento de la historia han entrado en contacto con él. La
percepción es singular para cada caso. Este postulado se sustenta por el propio
origen del mundo, la fe y la posibilidad de sentir la presencia divina a través
de la oración.
En
mis viajes por países musulmanes, judíos, cristianos, budistas o hindúes he
podido ver a los adeptos de cada religión rezar a su dios o dioses. La
sensación de que aquéllos en sus templos parecían percibir algo parecido a lo
que un cristiano siente al rezar en una iglesia resultaba, a primera vista,
evidente. Es la atmósfera especial que se respira en una iglesia, mezquita,
sinagoga o pagoda que no se encuentra en una librería, un cine o un
restaurante. Es la sensación de que la solemnidad de esos lugares acogen al
hecho religioso.
Las
religiones son entonces la construcción de ese diálogo entre una sociedad
concreta revestida de una cultura e idiosincrasia propias con Dios. Así, desde
el punto más relativista de esta formulación podríamos concluir que todas las
religiones son medios de comunicación que conectan al individuo con lo
trascendental. Si el fin de la comunicación es establecer este contacto,
podríamos decir que siempre y cuando alguien sea capaz de acercarse a lo
Trascendental a través de una u otra religión, esa religión será válida ya que
ha alcanzado su fin.
Por
tanto, toda religión que despierte el lado espiritual capaz de iniciar un
diálogo entre el hombre y el ser superior es válido. Pero ¿es buena o
verdadera? ¿es la que realmente define a Dios y se acerca a la verdad tal y
cómo es? ¿Expone y describe el tipo de vida que Dios espera de nosotros? Poco a
poco, iremos desprendiéndonos de ese relativismo inicial.
Para
hacer frente a esta cuestión hemos de ir considerando ciertos puntos:
Los
principios de la mayoría de religiones son bastante parecidos; dentro de cada
religión hay pilares doctrinales básicos rodeados de elementos secundarios cuyo
desvanecimiento no siempre afectan al corazón de la religión o de la fe, y
finalmente, el aporte cultural de la religión define a la sociedad hasta el
punto que la sociedad, por su propia cultura y a priori, sólo se podrá comunicar con Dios a través de esa religión
y no otra.
Los
principios básicos de casi todas las religiones establecen unos ejes que
proclaman la paz social, la bondad por encima del mal y el amor a Dios a través
de la oración, el buen comportamiento y el trato con aquéllos que nos rodean.
Entre
el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam, los puntos comunes son mayoritarios y
obvios al proceder todos de un tronco común del que se han ido derivando
elementos distintivos hasta el punto de convertirlas en religiones
independientes.
La
Santísima Trinidad católica puede hallar paralelismos con la Trimurti
hinduista. El hinduismo es una de las religiones vivas más antiguas del mundo.
Se basa en un politeísmo nutrido de una multitud de deidades que en un momento
u otro de la historia han entrado en contacto con el hombre. Los tres más
importante son Brahma, Visnú y Shiva (conformando la ya mencionada Trimurti).
Según sus adeptos, Brahma creó el mundo y todo lo que en él hay. Su paralelismo
cristiano podría ser Dios Padre y Creador. Visnú, por otro lado, ha bajado a la
Tierra en forma humana y de otras criaturas en multitud de ocasiones para
salvar a la humanidad de su propio destino. Cada encarnación se denomina avatar y ve su reflejo en la propia
encarnación de Jesucristo, que se hizo hombre para salvarnos. Para acabar,
difícilmente encontraremos una relación clara entre Shiva y el Espíritu Santo.
Mientras el Espíritu Santo es el propio aliento de Dios, señor dador de vida,
expresión de amor entre el Padre, el Hijo y la humanidad, Shiva es la deidad
destructora que da equilibrio a la actividad creadora de Brahma y protectora de
Visnú.
Sin
embargo, el hinduismo se va trasladando hacia un monismo teológico, es decir,
la creencia en una sustancia divina que todo lo baña, Dios, y que se nos revela
a través de los diversos dioses.
Quien
viaje a Borobudur (en Indonesia), verá en uno de los templos budistas más
colosales la representación del nacimiento y vida de Siddhartha Guatama,
fundador del budismo. En esta antigua religión cuyo origen data del siglo V a.
C. relata como la reina Maya tuvo un sueño con un elefante blanco al que la
tradición llama “Animal Santo” (parecido a Espíritu Santo) que se encarnó en
ella concibiendo así al joven Siddhartha, el futuro Buda, “el Iluminado”.
En
el Corán, el nombre de Jesús aparece repetido más veces que el propio nombre de
Mahoma. Se le reconoce como el penúltimo gran profeta, libre de pecado y nacido
de una virgen, María. La única mujer con el honor de poner título a una sura
coránica (capítulo en el Corán) es el de María, la Virgen según los cristianos.
Aquel que crea en Alá habrá de creer y respetar a Jesús y sus enseñanzas, si
bien no lo considerará Hijo de Dios o Dios en sí mismo. Consideran que la
Trinidad cristiana es una confusión teológica entre 3 personas distintas: Dios,
Jesús como profeta (no como dios) y el Arcángel Gabriel (y no como Espíritu
Santo).
Representación coránica persa de Jesús y la Virgen María
Un
misionero católico me explicaba las dificultades que habían tenido para evangelizar
a muchas tribus Masai del norte de Tanzania y sur de Kenia, ya que la creencia
autóctona de algunas de estas comunidades cristianas reconoce a un solo Dios
que se hizo hombre y vino al mundo para nuestra salvación. Por qué cambiar una
religión ancestral por otra extranjera cuando proclaman algo tan parecido,
respondía ellos a los misioneros.
La
palabra Alá, como Yaveh, no son nombres distintos para Dios, sino que es la
traducción al árabe o al hebreo de una realidad atemporal y universal, “Dios”.
De este modo los cristianos arabo parlantes del Líbano llaman al Dios cristiano
“Alá”, lo mismo hacen los cristianos de Indonesia y Malasia. Alá no es el
nombre de Dios, es el vocablo que designa a Dios.
En
el Sintoísmo japonés, sus seguidores han percibido la presencia divina en la
naturaleza y en el respeto y devoción a sus antepasados. ¿Cuántos en Occidente
se han acercado a Dios a través de los que han perdido, de sus difuntos? Por
medio de la profunda convicción de que esos que ya no viven no han dejado de
existir, siguen ahí.
Las
reflexiones y comparaciones pueden prolongarse hasta hacernos caer en la cuenta
de que son muchos los vínculos y puntos en común entre las creencias que
comunidades separadas entre sí por kilómetros y siglos han establecido o
percibido.
Ha
estos pilares se les añaden dogmas más o menos importantes. En ocasiones
parecen mitológicos, superfluos, que aportan poco a la esencia de la fe. En
otras ocasiones son verdades incuestionadas en el pasado que con el tiempo se
han visto matizadas o corregidas. Esta misma corrección pone de relieve su
posición secundaria, ayudándonos a vislumbrar la pureza de la religión… esa
misma pureza que se asemeja, nuevamente, a la esencia de otras religiones.
Querríamos,
sin ninguna legitimidad, decir que no puede existir una religión buena,
correcta o válida que no busque la paz social y el bien por encima del mal.
Sería difícil admitir como religión legítima para comunicarse con Dios alguna
de carácter pseudo-satánica, por ejemplo. Y es que el creyente de las grandes
religiones suele encontrar en el Ser Trascendental una fuente de felicidad y de
paz que llena su espíritu y cuya manifestación mundana más parecida se
encuentra en el amor entre familiares, parejas y amigos, que en tanto que amor,
es fuente de bondad, fuente del bien. El relativismo inicial empezaría a quedar
acotado entonces por el fin social y bondadoso que toda gran religión proclama.
Por
último, hay que aclarar la interrelación entre la cultura y la religión para
entender por qué alguien reconocerá una religión cómo validad para sí y no
otra. Una comunidad cristiana se sentirá cómoda con el cristianismo para
acercarse a Dios en tanto y cuando su cultura encaja bien con el cristianismo. Pero
no es menos cierto que su cultura encaja con el cristianismo precisamente
porque el cristianismo ha perfilado a esa misma cultura con sus elementos
básicos. Así, el creyente en Cristo admitirá que la iglesia cristiana le
permite conectar con Dios en tanto y cuando sus principios, su lenguaje y
mentalidad; es decir, su cultura, se acomoda y adecúa bien al cristianismo, sin
quizás darse cuenta de que en parte, su cultura es la que es gracias al
cristianismo. Esto se podría recrear nuevamente con el resto de religiones.
No
obstante, en algunos casos, personas pertenecientes a una comunidad con un
credo mayoritario reconocen por una u otra razón que la religión con la que
nacieron y se criaron no establece los vínculos adecuados para conectar con Dios
y así, después de una búsqueda espiritual, encuentran otra que les permite
iniciar el anhelado diálogo con lo divino.
Llegado
a este punto concluimos que desde el punto de vista de un creyente, Dios
existe, que todas las culturas lo han percibido de una manera u otra
estableciendo un compendio de principios y ritos litúrgicos que ayudan al
individuo a conectarse con Él, que estas religiones nacen en un contexto
cultural que puede determinar sus propias características y que a la vez pueden
determinar las características de otras culturas (nuevas, derivadas o a las que
la religión de un lugar original se extiende). La conclusión del creyente
termina estableciendo que cree en Dios, que lo percibe y siente, que su
religión le sirve para contactarle, que los dogmas y mandamientos son propios
de su cultura y que con ellos se puede alcanzar la felicidad y la paz social.
La fe, añadida a todo esto, termina reforzando la idea de que es su religión y no
las otras, la verdadera, si bien puede respetar al resto aunque los considere
equivocados en mayor o menor medida.
Suele
decirse que hay dos tipos de personas: los de playa y los de montaña. Si hay
que elegir una, yo me quedo con el mar y si toca que ser aún más concreto, con
las costas tanzanas. Durante mi estancia en Arusha, al norte de Tanzania, hice
una excursión a Pangani con 4 amigos: una estadounidense, un indonesio, una
singapurense y un chino. Teníamos preparado un safari. Por fin visitaríamos el
Serengueti y el Ngoro-Ngoro; pero el viaje se truncó. Habíamos regateado tanto
que al organizador ya no le salían las cuentas y la noche anterior nos dejó
colgados. Nos despertamos sin saber qué hacer, cómo aprovechar el puente que
nos eximía de trabajar en el Tribunal Penal Internacional para Ruanda. Le dimos
varias vueltas hasta que en el monitor de nuestro ordenador seleccionamos el
mapa del país… Había una ciudad en la costa; su nombre, Pangani. No lo sabía en
aquel momento, pero aquel pueblo acogía uno de los escenarios más bonitos que
jamás he visto y al que deseo volver pronto.
Improvisamos
una mochila: fuera el camping de
safari y dentro la toalla y el bañador. Llamamos a un taxi y nos plantamos en
la estación de autobuses. Como en todos los intercambiadores de África, el caos
es protagonista. Eran las 11 de la mañana. El autobús estaba a punto de salir.
No sabíamos cuánto duraría el trayecto ni cuanto costaba el billete. Nos
metimos en el autocar en dirección a Tanga desde donde continuaríamos en taxi
hasta Pangani. Pagamos lo que nos pidieron y empezamos un viaje de algo más de
6 horas… El paisaje que se contemplaba desde la ventana no dejaba dormir a
nadie: estepas y explanadas, más tarde desierto para después empezar a brotar
la vegetación las palmeras y finalmente el olor del Océano Índico.
Al
llegar a Tanga cogimos uno de los numerosos taxis que allí esperaban a los
recién llegados visitantes. Regateamos como de costumbre e iniciamos el último
tramo de nuestro viaje: hacia Pangani, al hotel PEPONI. Ya había caído la noche
y por esa precaria carretera caminaban y montaban en bici los locales… en la
completa oscuridad. Al pasar el coche por su lado, nuestros faroles daban un
respiro a aquellos ciclistas; no obstante, al alejarse nuevamente volvían a
quedar envueltos en la sombra.
Habíamos
llegado. Un restaurante, un grupo de amigos franceses de avanzada edad y nosotros.
Estaba regentado por un tanzano inglés (hijo de antiguos colonos) y su hija. El
señor nos dio la bienvenida, nos ofreció algo de cenar y nos indicó, para
nuestro agrado, que el mar estaba justo ahí.
Tres
de mis amigos tomaron una habitación. Otro y yo preferimos la opción más
económica e instalar nuestra tienda de campaña en la zona que el complejo
habilitaba para ello, al lado de la playa, con cubierta y tomas de electricidad
en varios postes por allá repartidos. Tras cenar, cogimos la toallas, un
candil, una botella de ginebra y nos sentamos en aquella oscura playa. No fue
hasta el amanecer que nos percatamos de la belleza de aquel océano.
Nos
despertamos temprano. Queríamos ver salir el Sol. Poco a poco el negro del
noche se iba transformando en un místico celeste. En la costa continental
tanzana la marea se retira cientos y cientos de metros de la orilla dejando una
infinita lámina de agua casi encharcada que no cubre por encima de los
tobillos. A lo lejos se divisaban pequeñas barcas pesqueras. Me eché a caminar
hasta ellos sin que el agua me cubriera. Al alcanzar al pescador que achicaba
agua de la embarcación con un bidón por la mitad cortado, decidí estrenar mi
recién aprendido y aún muy pobre suajili: “ninapanda”
“¿Subo?”. Aquel señor sonrió y me invitó a su barco. Comencé a ayudarle a
achicar agua y después de un tiempo le dejé continuar con su trabajo.
Desayunamos
y nos preparamos para nuestra excursión. Un barquito velero nos llevaría a
hacer snorkeling para terminar
visitando una isla, “Sand Island”,
donde almorzaríamos… Todo aquello por 12 dólares. Nos dieron el material para
bucear y empezamos a caminar mar adentro hasta que la orilla parecía una línea
lejana en el horizonte, si bien el agua seguía sin cubrirnos.
Los
marineros tanzanos capitaneaban el barco. Disfrutamos de los arrecifes de
corales en 3 lugares distintos. Este lado de la costa africana es rico en su
fondo marino ofreciendo una magnífica experiencia para el amante del snorkeling.
Seguimos
navegando. De repente una línea blanca y distante apareció en medio del océano.
Dicha franja fue engordando poco a poco hasta que fue evidente reconocerla: era
una isla. En realidad, al contratar la excursión no sabíamos nada de aquel
sitio. Fue una sorpresa. El agua que rodeaba a esa diminuta isla en medio de la
nada era transparente y de un pálido celeste. Ni un árbol, ni un alma. Tan sólo
ese banco de arena que el océano nos había obsequiado. Se trataba de un
escenario idílico, paradisíaco. Una micro isla para ti y tus amigos, con comida
y buceo… por 12 dólares.
Como
niños corrimos de un lado a otro, jugamos en el mar, con la arena y finalmente
nos relajamos. Llegada la hora de comer, la tribulación improvisó un toldo en
medio de la isla con cuatro palos. Sándwich y un refresco. No se podía pedir nada
más. No suelo volver a sitios en los que ya estuve… Hay demasiado por conocer en el mundo. Pero Pangani, Peponi
(que además significa paraíso) y la Sand
Island son una excepción.
Casi
sin darnos cuenta la isla fue menguando. Poco a poco el océano la fue
aniquilando, absorbiendo. Era hora de marcharse. La marea subía y para cuando
empezamos a alejarnos al ritmo del soplo del viento, aquella inmensa masa de
agua había fagocitado ese paraíso... hasta la mañana siguiente, como todos los
días.
El
final del día fue cubierto con un agradable paseo por la costa, por los
manglares, un baño en la piscina y una incipiente insolación. Caímos rendidos y
tras un festín de marisco (extremadamente barato), nos fuimos a dormir.
Queríamos
asegurarnos de que podríamos coger el autobús que por allí pasaba. Que no
perderíamos nuestro autocar en Tanga. La furgoneta que nos tenía que recoger
pasó de largo. Empezamos a preocuparnos. Fue entonces cuando extendimos nuestro
brazo y paramos a la primera camioneta que pasó. Un transportista de sacos de
pescado seco aceptó a llevarnos. Durante más de una hora y sentados sobre
aquellos sacos pudimos disfrutar del atestado automóvil que además compartíamos
con otros viajeros. En un momento determinado nos paró la policía. Aquel
tanzano uniformado se sorprendió al ver a 5 extranjeros sentados sobre la carga
de la furgoneta. Podía chapurrear el inglés. Nos hizo un par de preguntas y nos
deseó un buen viaje. Seguramente nos inquietamos al pensar que quizás
tendríamos algún problemas, pero no sucedió nada.
Llegamos
a Tanga y nos lanzamos a nuestro autobús de las 11. Por el camino y en cada
estación los vendedores desesperados golpeaban las ventanas para llamar nuestra
atención y así comprar fruta, galletas, zumos. Todos repetían la palabra “muzungu” que significa “blanco”. Cada
viaje en autobús seguía siempre el mismo patrón. Era siempre una aventura. Por
fin llegamos a Arusha, a nuestra casa, cansados después de un largo viaje, tras
una corta visita al paraíso al que tanto deseo regresar. Ya ha pasado más de un año de aquella escapada y sigo en contacto con aquellos amigos. Una trabaja para el gobierno en Singapur, otro para una compañía de comunicación en Indonesia y mi amigo chino cofundó una ONG para promocionar el Derecho Penal Internacional en China (CIICJ). No dejéis de visitar otras entradas como:
Quien
esté libre de pecado que tire la primera piedra… yo me guardo la mía detrás de
la espalda y es que, en términos generales, sabemos muy poco de África. Ese
gran y majestuoso continente lleno de cultura, color, paisajes imposibles,
fauna y flora pasa por delante de nosotros revestido de un inmenso manto de
estereotipos y clichés que nos impide comprender y entender qué es África.
No
seré yo quien pretenda, en una humilde página de un blog, poner fin a esta asignatura
pendiente de Occidente, pero sí quizás picar un poco la curiosidad de quien lo
lea. Y es que cuando escuchamos aquel vocablo nos vienen casi siempre las misma
ideas a la cabeza: guerra, miseria, sufrimiento, corrupción, inestabilidad,
violaciones de derechos humanos… y para aquellos más optimistas, animales, el
Rey León, tribus de Masáis pegando brincos, cascadas, la sabana, junglas…
Intentemos
poner algunas ideas básicas sobre la mesa: África no es un todo homogéneo… de
hecho es terriblemente heterogéneo. No hay dos países iguales ni en cultura,
historia o política. Empezando por lo más básico: El continente puede ser
dividido en dos primeros grandes grupos:
Árabes
en el norte y de inminente mayoría mahometana,
Y
África subsahariana, o África Negra para el resto del continente.
Dentro de este
último, una siguiente división puede ser trazada basada en movimientos de
población, grupos étnicos pero principalmente lingüísticos. De la misma manera
que en Europa nos referimos a diversos grupos con características comunes lingüístico-étnicas
como los pueblos mediterráneos o latinos, los eslavos, los escandinavos,
germanos, celtas, anglosajones, bálticos… en África podemos toparnos con los
siguientes:
Bantú:
originarios de la zona del Congo y Gabón, se extendieron y poblaron gran parte
del África Subsahariana desde Gabón hasta Tanzania alcanzando el sur África.
Los idiomas bantúes tienen raíces y sistema gramatical comunes, pero que se han
ido desarrollando de manera diversa (tal y como las lenguas romances en el
Viejo Continente). Se suelen tratar de idiomas donde la inclusión de prefijos,
infijos y sufijos se revela como elemento más característico.
Uno
de los ejemplos más famosos de este grupo es la cultura y mundo Swahili
(suajili). El idioma, de gramática bantú con una inmensa influencia árabe en el
vocabulario, se extiende por Tanzania, Kenia, este del Congo (RDC), norte de Mozambique
y sur de Somalia. Es el producto de los intercambios culturales y comerciales,
la esclavitud y la hegemonía política del Sultanato de Omán en la costa
oriental africana durante siglos.
Congo-nigerianos:
se trata de otra gran familia lingüística que ocupa el África Occidental y
Central.
Nilítico:
en Kenia, Sudán del Sur y Chad son un grupo de gran relevancia. Comparten
raíces lingüísticas comunes donde la gramática se presenta como una mucho más
compleja que la Bantú. En muchos casos se pueden trazar rasgos étnicos y
culturales similares.
Joisán:
Un cúmulo de pueblos asentado en tierras con escasas salidas al mar se encuentra
en la zona suroccidental del continente. Su característica más significativa es
la inclusión en sus lenguas de los llamados “clics”, sonidos guturales
producidos por chasquidos que les permiten comunicarse.
Austronesio:
es el caso del África insular suroriental, principalmente Madagascar. Curiosamente, y tal y como se aprecia en el mapa, su origen está en el sudeste asiático.
Sigue leyendo más entradas con una introducción a África: su historia, sus estructuras sociales y su política.
Desde hace mucho supe que tenía una vocación internacional. Poco a poco ésta se fue materializando en proyecto profesional que aún estoy madurando: trabajar por el Estado de Derecho y los Derechos Humanos.
Persiguiendo esta meta he viajado bastante, en especial durante los últimos años, en busca de modelar un buen CV internacional. Por el camino he aprendido ciertas cosas y he experimentado alguna que otra anécdota. Este blog esta hecho para compartir esas vivencias y consejos con jóvenes profesionales que quieren trabajar en organizaciones internacionales u ONGs, con viajeros empedernidos y con aquéllos que quieren saber un poco más qué pasa en rincones del mundo de los que no escuchamos hablar demasiado...