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Mostrando entradas con la etiqueta ICTR. Mostrar todas las entradas
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viernes, 24 de enero de 2014

Recientemente he comenzado mi colaboración con una web muy interesante: www.queaprendemoshoy.com/

Se trata de una página en la que estudiantes y profesionales de diferentes sectores escriben de manera voluntaria artículos de opinión con vocación didáctica.

Hace un año uno de los miembros del equipo se puso en contacto conmigo para ofrecerme colaborar. Sin embargo, no ha sido hasta ahora que he podido involucrarme como se merecían.

En este artículo hago una reflexión sobre el legado del Tribunal Penal Internacional para Ruanda. ¡Espero que os guste!


El Legado del Tribunal Penal Internacional para Ruanda



http://queaprendemoshoy.com/el-legado-del-tribunal-penal-internacional-para-ruanda/

sábado, 16 de noviembre de 2013

           Suele decirse que hay dos tipos de personas: los de playa y los de montaña. Si hay que elegir una, yo me quedo con el mar y si toca que ser aún más concreto, con las costas tanzanas. Durante mi estancia en Arusha, al norte de Tanzania, hice una excursión a Pangani con 4 amigos: una estadounidense, un indonesio, una singapurense y un chino. Teníamos preparado un safari. Por fin visitaríamos el Serengueti y el Ngoro-Ngoro; pero el viaje se truncó. Habíamos regateado tanto que al organizador ya no le salían las cuentas y la noche anterior nos dejó colgados. Nos despertamos sin saber qué hacer, cómo aprovechar el puente que nos eximía de trabajar en el Tribunal Penal Internacional para Ruanda. Le dimos varias vueltas hasta que en el monitor de nuestro ordenador seleccionamos el mapa del país… Había una ciudad en la costa; su nombre, Pangani. No lo sabía en aquel momento, pero aquel pueblo acogía uno de los escenarios más bonitos que jamás he visto y al que deseo volver pronto.


Improvisamos una mochila: fuera el camping de safari y dentro la toalla y el bañador. Llamamos a un taxi y nos plantamos en la estación de autobuses. Como en todos los intercambiadores de África, el caos es protagonista. Eran las 11 de la mañana. El autobús estaba a punto de salir. No sabíamos cuánto duraría el trayecto ni cuanto costaba el billete. Nos metimos en el autocar en dirección a Tanga desde donde continuaríamos en taxi hasta Pangani. Pagamos lo que nos pidieron y empezamos un viaje de algo más de 6 horas… El paisaje que se contemplaba desde la ventana no dejaba dormir a nadie: estepas y explanadas, más tarde desierto para después empezar a brotar la vegetación las palmeras y finalmente el olor del Océano Índico.





Al llegar a Tanga cogimos uno de los numerosos taxis que allí esperaban a los recién llegados visitantes. Regateamos como de costumbre e iniciamos el último tramo de nuestro viaje: hacia Pangani, al hotel PEPONI. Ya había caído la noche y por esa precaria carretera caminaban y montaban en bici los locales… en la completa oscuridad. Al pasar el coche por su lado, nuestros faroles daban un respiro a aquellos ciclistas; no obstante, al alejarse nuevamente volvían a quedar envueltos en la sombra.

Habíamos llegado. Un restaurante, un grupo de amigos franceses de avanzada edad y nosotros. Estaba regentado por un tanzano inglés (hijo de antiguos colonos) y su hija. El señor nos dio la bienvenida, nos ofreció algo de cenar y nos indicó, para nuestro agrado, que el mar estaba justo ahí.

Tres de mis amigos tomaron una habitación. Otro y yo preferimos la opción más económica e instalar nuestra tienda de campaña en la zona que el complejo habilitaba para ello, al lado de la playa, con cubierta y tomas de electricidad en varios postes por allá repartidos. Tras cenar, cogimos la toallas, un candil, una botella de ginebra y nos sentamos en aquella oscura playa. No fue hasta el amanecer que nos percatamos de la belleza de aquel océano.



Nos despertamos temprano. Queríamos ver salir el Sol. Poco a poco el negro del noche se iba transformando en un místico celeste. En la costa continental tanzana la marea se retira cientos y cientos de metros de la orilla dejando una infinita lámina de agua casi encharcada que no cubre por encima de los tobillos. A lo lejos se divisaban pequeñas barcas pesqueras. Me eché a caminar hasta ellos sin que el agua me cubriera. Al alcanzar al pescador que achicaba agua de la embarcación con un bidón por la mitad cortado, decidí estrenar mi recién aprendido y aún muy pobre suajili: “ninapanda” “¿Subo?”. Aquel señor sonrió y me invitó a su barco. Comencé a ayudarle a achicar agua y después de un tiempo le dejé continuar con su trabajo.







Desayunamos y nos preparamos para nuestra excursión. Un barquito velero nos llevaría a hacer snorkeling para terminar visitando una isla, “Sand Island”, donde almorzaríamos… Todo aquello por 12 dólares. Nos dieron el material para bucear y empezamos a caminar mar adentro hasta que la orilla parecía una línea lejana en el horizonte, si bien el agua seguía sin cubrirnos.

Los marineros tanzanos capitaneaban el barco. Disfrutamos de los arrecifes de corales en 3 lugares distintos. Este lado de la costa africana es rico en su fondo marino ofreciendo una magnífica experiencia para el amante del snorkeling.









Seguimos navegando. De repente una línea blanca y distante apareció en medio del océano. Dicha franja fue engordando poco a poco hasta que fue evidente reconocerla: era una isla. En realidad, al contratar la excursión no sabíamos nada de aquel sitio. Fue una sorpresa. El agua que rodeaba a esa diminuta isla en medio de la nada era transparente y de un pálido celeste. Ni un árbol, ni un alma. Tan sólo ese banco de arena que el océano nos había obsequiado. Se trataba de un escenario idílico, paradisíaco. Una micro isla para ti y tus amigos, con comida y buceo… por 12 dólares.



Como niños corrimos de un lado a otro, jugamos en el mar, con la arena y finalmente nos relajamos. Llegada la hora de comer, la tribulación improvisó un toldo en medio de la isla con cuatro palos. Sándwich y un refresco. No se podía pedir nada más. No suelo volver a sitios en los que ya estuve… Hay demasiado  por conocer en el mundo. Pero Pangani, Peponi (que además significa paraíso) y la Sand Island son una excepción.









Casi sin darnos cuenta la isla fue menguando. Poco a poco el océano la fue aniquilando, absorbiendo. Era hora de marcharse. La marea subía y para cuando empezamos a alejarnos al ritmo del soplo del viento, aquella inmensa masa de agua había fagocitado ese paraíso... hasta la mañana siguiente, como todos los días.



El final del día fue cubierto con un agradable paseo por la costa, por los manglares, un baño en la piscina y una incipiente insolación. Caímos rendidos y tras un festín de marisco (extremadamente barato), nos fuimos a dormir.




Queríamos asegurarnos de que podríamos coger el autobús que por allí pasaba. Que no perderíamos nuestro autocar en Tanga. La furgoneta que nos tenía que recoger pasó de largo. Empezamos a preocuparnos. Fue entonces cuando extendimos nuestro brazo y paramos a la primera camioneta que pasó. Un transportista de sacos de pescado seco aceptó a llevarnos. Durante más de una hora y sentados sobre aquellos sacos pudimos disfrutar del atestado automóvil que además compartíamos con otros viajeros. En un momento determinado nos paró la policía. Aquel tanzano uniformado se sorprendió al ver a 5 extranjeros sentados sobre la carga de la furgoneta. Podía chapurrear el inglés. Nos hizo un par de preguntas y nos deseó un buen viaje. Seguramente nos inquietamos al pensar que quizás tendríamos algún problemas, pero no sucedió nada.

Llegamos a Tanga y nos lanzamos a nuestro autobús de las 11. Por el camino y en cada estación los vendedores desesperados golpeaban las ventanas para llamar nuestra atención y así comprar fruta, galletas, zumos. Todos repetían la palabra “muzungu” que significa “blanco”. Cada viaje en autobús seguía siempre el mismo patrón. Era siempre una aventura. Por fin llegamos a Arusha, a nuestra casa, cansados después de un largo viaje, tras una corta visita al paraíso al que tanto deseo regresar.

Ya ha pasado más de un año de aquella escapada y sigo en contacto con aquellos amigos. Una trabaja para el gobierno en Singapur, otro para una compañía de comunicación en Indonesia y mi amigo chino cofundó una ONG para promocionar el Derecho Penal Internacional en China (CIICJ).


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jueves, 12 de septiembre de 2013

   "Simultaneidad con un programa universitario"

          He aquí el más típico problema al que se enfrenta un aspirante a pasante. Se trata de una extendida regla de Naciones Unidas que reserva los puestos en prácticas para aquéllos que estén enrolados simultáneamente en un programa universitario. Se trata probablemente de la regla con menos perpectiva y sensibilidad universal de todas las que pueden ordenar el mundo de los recurso humanos. Me explico:

     Sección 2 de Instrucción Administrativa de la Secretaría de Naciones Unidas,  ST/AI/2000/9 (en inglés):

Eligibility requirements

The Secretary -General may accept interns provided the following conditions are met:

(a) Applicants are enrolled in a degree programme in a graduate school (second university degree or higher) at the time of application and during the internship; or (…)

            Se trata de una regulación que favorece claramente al sistema universitario estadounidense y del resto de países que se inspiran en él. En aquéllos estados, el estudiante universitario divide su preparación académica superior en dos fases: graduate y undergraduate. Así pues, un estudiante que cursa la carrera de derecho ha tenido que concluir la primera fase en un college (undergraduate), para luego empezar un nuevo ciclo en un law school (graduate). Este segundo ciclo suele tener una duración de 3 años en los que caben la participación en programas de Erasmus, un reparto y organización relativamente flexible de sus clases y, cómo no, un grifo de convenios entre universidades y organismos internacionales que ofrecen pasantías (en muchas ocasiones valoradas en créditos por la facultad) en medio de un sistema diseñado a su medida.


            La instrucción administrativa no acaba ahí, y con un más bien ridículo intento de subsanar el problema emergente para los estudiantes cuyos países no se adscriben a este sistema dice en el párrafo b de la misma sección:

(b) Applicants pursuing their studies in countries where higher education is not divided into undergraduate and graduate stages have completed at least four years of full-time studies at a university or equivalent institution towards the completion of a degree.

          Es decir, para el resto de los estudiantes cuyos países no dividan la preparación universitaria del modo antes expuesto, habrán de completar al menos 4 años de su carrera con vistas a finalizar sus estudios. ¿Cuántos pueden decir que se podrían beneficiar de unas prácticas en este sistema? Las carreras universitarias suelen estar programadas para durar 4 o 5 años. Es decir, la mayoría de los estudiantes serán y dejarán de ser elegibles para una pasantía en la ONU al mismo tiempo: a la terminación del cuarto año (por fin eres elegible) que coincide con el fin de la carrera (es decir, ya no eres elegible).

              La única oportunidad parece tenerla aquél cuya carrera dure 5 años y pueda entonces marcharse en vacaciones de verano entre cuarto y quinto año. Pero sobreviene otro obstáculo: la pasantía tiene una duración de entre 3 y 6 meses en la mayoría de los casos. ¿Cuántos tienen exactamente 3 meses íntegros de vacaciones que les permita trabajar en el extranjero?

             Este sistema parece animar a que los estudiantes interrumpan sus estudios en su penúltimo año, para irse a trabajar gratis para la ONU entre 3 y 6 meses y retomar, un año más tarde su carrera. Esta filosofía cabe en la mentalidad académica de pocas culturas.

         Finalmente, hay que reconocer que quien no se ha parado a pensar en todos estos obstáculos, y tengan delante el CV de un estudiante de law school estadounidense con 26 años y otro de un europeo de 22 que estudia lo que para muchos parece un programa undergraduate, se decantará claramente por el primero.

        No hay una solución a este problema, pero sí hay una trampa. Conozco casos de gente que ha terminado la carrera y se matriculan en algún curso universitario de nivel inferior o incluso se “dejan” una asignatura de libre configuración para el año siguiente, con intención de realizar las dichosas y deseadas prácticas. También hay que probar suerte y tomar prestada esta explicación que presento aquí cuando se envíe una candidatura a una pasantía.


           En el caso de la ONU; por último, hay que decir que este sistema suele estar muy generalizado entre las agencias dependientes de la Secretaría. No obstante los órganos creados y dependientes del Consejo de Seguridad suelen saltarse estos requisitos. Por ejemplo, no se exigen en los tribunales penales internacionales (ICTR, ICTY, etc…). Éstas son, sin lugar a dudas, las mejores opciones para empezar un camino profesional en la ONU.



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miércoles, 11 de septiembre de 2013

Si nuestro deseo es realizar unas prácticas en organizaciones internacionales u ONGs, la primera cuestión que hay que tener clara es ¿Qué prácticas quiero conseguir? ¿Por qué? ¿Cómo me pueden beneficiar unas y no otras? Para responder a estas preguntas hay que tener claras algunas nociones.

¿Cómo elegir las prácticas que quiero hacer?

Hay que tener en cuenta una serie de indicadores: la institución, el contenido de las prácticas y el lugar de destino. Lo ideal sería una pasantía en una institución de prestigio, realizando una labor que encaje con nuestra preparación académica, que concuerde con el puesto que esperamos conseguir en el futuro y que sea en un país económico, cómodo y seguro.


  • ¿Qué institución?

    Hay básicamente tres posibilidades: el servicio diplomático del país del pasante, organizaciones internacionales u ONGs.


El Servicio Diplomático encaja bien con aquellos interesados en las relaciones internacionales, la política y la cultura.

Pros: Puede servir como trampolín para conseguir otras prácticas en el futuro a través de los contactos que la multitud de reuniones y conferencias pongan en el camino del pasante.

Contras: Lo malo es que no ofrecen posibilidades laborales para el futuro. La carrera diplomática está sellada por un sistema cerrado de oposiciones por lo que esas prácticas no sumarán puntos, pero sí se valorarán en CV.

Consejos: Al elegir el país de destino, hay que sopesar la importancia de la embajada o misión, desechar consulados (ya que no dan acceso a asuntos de relaciones internacionales… con muy concretas salvedades) y buscar la mejor oportunidad según la coyuntura internacional que asegure un contexto interesante para el pasante.

Por ejemplo, no es lo mismo trabajar en el Consulado de España en Astana, Kazajistán, en diciembre,  que en la Misión de España ante la ONU en septiembre, durante la inauguración de las sesiones de la Asamblea General de Naciones Unidas.


Organizaciones Internacionales: en la actualidad hay más de 300 organizaciones internacionales. El primer paso es analizar para cuáles contamos como posibles pasantes. Para ello hay que investigar si el país del que se es nacional es un Estado Miembro, Estado Observador o si existe algún tipo de colaboración especial que permita trabajar para ella. Por ejemplo, España, sin ser estado miembro de pleno derecho, sí puede enviar pasantes a la OEA (Organización de Estados Americanos) o al BAsD (Banco Asiático de Desarrollo) en tanto que estado observador. La mayoría de la gente sueña con la ONU o con la Unión Europea, pero hay muchas más posibilidades.

Pros: Suelen ofrecer una experiencia laboral inolvidable y muy enriquecedora. No obstante, esto depende como siempre del caso concreto, el país, el trasiego de trabajo de la unidad pertinente en la época concreta, el grado de responsabilidad que estén dispuestos en depositar nuestros supervisores, etc…

Contras: Hay que ser cauteloso e investigar qué valoración tendrá la propia organización sobre las prácticas que con ellos concluyamos. Para esto hay que recurrir a su reglamento interno. En ocasiones establecen numerosos obstáculos, limitaciones temporales, incompatibilidades o puede que ni cuenten como experiencia laboral.


Organizaciones No Gubernamentales: hay que escogerla muy bien, conocer la calidad de su trabajo, los contenidos de la pasantía que ofrezcan, la integridad de la misma, su ámbito de acción, etc…

Pros: Lo bueno es que son las más abiertas a ofrecer un trabajo al pasante si su colaboración ha sido fructífera y si la organización está en posición de dar empleo.

Contras: Las perspectivas y ventajas laborales no suelen ser tan buenas como en las organizaciones internacionales.




  •  El contenido y las prácticas en sí:

o   Si queremos trabajar en una institución concreta ¿debe dirigirse uno a ésa como sea, para poder ir adquiriendo experiencia y ascender dentro de la misma, o bien se puede utilizar cualquier otra organización internacional como "plataforma" hasta la que sea de interés, puesto que ya se considera que se tiene "experiencia profesional"?

            Lo ideal es comenzar en aquella institución en la que se quiere trabajar por varias razones: ya se conoce el contenido del trabajo, se ha podido demostrar a los superiores la valía del pasante y se hacen contactos en ese círculo.

            Problemas: la ONU establece una limitación:

Los pasantes no pueden ser considerados aptos para un puesto profesional durante los 6 meses siguientes a la finalización de las prácticas (ST/AI/2005/11). Esto pretende evitar que los lazos personales que se puedan establecer durante las prácticas con los compañeros de trabajo nublen la objetividad de futuros procesos de selección. No obstante, esta limitación parece aplicarse con los puestos profesionales (P1, P2, P3…) y no para los contratos de consultor (en cualquier caso, hay que remitirse al reglamento concreto de cada agencia o programa).

Esta regla sólo ha experimentado una excepción con la Resolución del Consejo de Seguridad de Diciembre de 2011 que permitía a los pasantes del Tribunal Penal Internacional para Ruanda ser contratados justo después de acabar sus prácticas.

            Al final, no es tan grave no conseguir una pasantía en el lugar donde se pretenda trabajar por dos razones: nadie sabe si la alternativa resultara ser mejor que la original y por otro lado, la experiencia también será valorada.

o   Hay que asegurarse de que el trabajo que vamos a desarrollar es afín a nuestra preparación y objetivos:

Esto ha de ser entendido desde un punto de vista amplio. No supone que si alguien hace dos o tres pasantías, se empeñen en dedicarse a una sola tarea extremadamente específica. Ello permite cierta flexibilidad.

Lo importante es que si nos dedicamos a los derecho humanos del niño, no nos pasemos a políticas intergubernamentales sobre medio ambiente o nos vayamos al Comité de Sanciones del Consejo de Seguridad para hablar del bloqueo a Irán…

o   Valoración profesional de las prácticas:

Éste es un elemento trascendental del que poco se habla y es que pertenece a un de los entresijos menos transparentes de las NNUU, sus políticas de recursos humanos. Las prácticas en la ONU pueden tener, a los ojos de la propia organización, una validez completa, media o nula según el reglamento de cada agencia, programa u órgano. De este modo, las prácticas en las agencias y programas dependientes de la Secretaría General no suelen contar oficialmente como experiencia laboral.

Esto puede ser distinto con los órganos creados por el Consejo de Seguridad. En este supuesto depende del caso concreto. En principio, si las prácticas se llevan a cabo antes de finalizar los estudios universitarios, dichas prácticas se valorarán al 50%. (Ej. 6 meses en el ICTY = 3 meses de experiencia laboral). Las reglas se complican cada vez más atendiendo a la institución concreta; así, las prácticas en el Tribunal Penal Internacional para la ex-Yugoslavia se consideran, adicionalmente, como una experiencia laboral media al 50%. No obstante, esas mismas prácticas en el Tribunal Penal Internacional para Ruanda son reconocidas al 100%. Esta información no es ni mucho menos sencilla de obtener pero hay que luchar por conseguirla.


  • ¿Lugar de destino?

Al hilo de lo antes mencionado, la valoración de las prácticas encuentran en el lugar donde se ejecutan una significativa repercusión. Así pues, lo que se llama el terreno (in the field, on the ground) se valora generalmente mucho más que en las sedes en grandes capitales occidentales.

Por el terreno entendemos todos aquellos países alejados de las comodidades de Occidente que, en vez de ser el punto de encuentro en el cual se deciden programas y acciones, es el lugar en que aplican efectivamente. Cuando alguien presenta un CV afirmando que ha sido capaz de vivir en condiciones poco cómodas o incluso de peligrosas, transmite a quien le entrevista su capacidad de enfrentarse a casi cualquier situación. De este modo, no es lo mismo trabajar 6 meses en Afganistán (aunque no hay que irse a ese extremo) que pasar un verano en las sedes de Ginebra o Nueva York.

No obstante, es también cierto que el trabajo en las grandes sedes abre las puertas a hacer muy buenos contactos y relacionarse con aquéllos que en efecto toman las decisiones.

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sábado, 7 de septiembre de 2013

                Una de las experiencias profesionales más interesantes y enriquecedoras que jamás he vivido fue la que tuve durante mi estancia en Kigali, capital de Ruanda, como pasante para el Monitoring Team del Tribunal Penal Internacional para Ruanda de las Naciones Unidas (UNICTR, en sus siglas en inglés). 

Después de pasar cinco meses en Arusha, Tanzania, haciendo prácticas para la sede principal y de Primera Instancia de dicho tribunal, me ofrecieron la oportunidad de continuar mi pasantía en el país donde todo tuvo lugar; la escena del crimen del terrible Genocidio de Ruanda de 1994 que se llevó por delante la vida de alrededor de un millón de tutsis y hutus moderados en tan sólo tres meses.



El Monitoring Team fue creado en el contexto de la última etapa de un Tribunal que, después de 17 años enjuiciando a presuntos genocidas, iba a ser disuelto. Una lista con nombres de unas ocho personas hacía referencia a presuntos genocidas, aún no juzgados por la corte y que serían transferidos de la jurisdicción internacional a la jurisdicción nacional de Ruanda. Las razones pueden resumirse en tres:

·         Los casos no revestían la suficiente entidad como para ser oídos por tan alto tribunal (Ej. no se trataba ni de ministros ni de altos cargos militares).

·         El Tribunal encaraba su última fase en plena campaña de desprestigio basada en el retraso para la finalización de sus trabajos o su alto coste.

·         El convencimiento de que Ruanda, después de haber enmendado algunas de sus leyes y reconocido nuevos derechos procesales, era plenamente apta para encargarse de estos asuntos.

Centro Penitenciario de Kigali

El Monitoring Team fue entonces fundado por orden del tribunal para asegurarse de que los acusados transferidos recibirían un trato basado en los derechos humanos en línea con los merecidos derechos procesales y los estándares mínimos internacionales.

El primer sujeto de la lista en ser transferido ya tenía nombre: Jean Bosco Uwinkindi, un pastor protestante acusado de genocidio.

Uwinkindi con el uniforme de acusado
(los acusados militares visten de verde, el resto, de rosa, y los convictos de naranja)


Con este equipo de supervisores tuve la oportunidad de analizar la legislación ruandesa, asistir a juicios en el Tribunal Supremo y Tribunal Superior de Justicia, interesantes reuniones con actores relevantes en el caso, recopilar y analizar la repercusión del caso en los medios de comunicación, pero muy especialmente, entrevistarme en el patio de detención de la prisión de Kigali con el presunto genocida.


La labor de alguien trabajando en el campo de los derechos humanos es asegurarse de que esos derechos sean aplicados y estén al alcance de todos… también para los acusados. La presunción de inocencia ha de prevalecer siempre; también aquí. No estoy en la posición de dar a conocer los entresijos del procedimiento ya que forman parte de mi experiencia, del secreto profesional y de la actualidad de un caso que sigue pendiente de sentencia. No digo más que lo que los documentos publicados prescriben. No obstante, sí que puedo compartir que jamás olvidaré aquel día en que me fue brindada la oportunidad de estudiar un caso de derecho internacional y derechos humanos de la manera más práctica y tangible que pueda haber; estrechar la mano a un presunto genocida.

Uwinkindi en una de las primeras vistas preliminares

miércoles, 10 de julio de 2013


Aquel día parecía comenzar como otro cualquiera, pero acabaría de una manera muy distinta. Uno de los representantes de la organización que me habían cedido la casa devolvió mi llamada de la noche anterior. Les conté lo sucedido y escandalizado me comunicó que otro trabajador de la ONG, Claude, instalado en el norte de Ruanda, viajaría hasta Kigali para solucionar el problema. Yo me preparé como cada mañana y abandoné la casa para hacer mi investigación diaria en el centro de la ciudad.


Mientras redactaba mi informe recibí una llamada de Claude. Había arribado a la capital y se encontró a Kasimu en las mismas condiciones en que yo lo había descrito anteriormente: inconsciente, ebrio, dormido, negándose a despertar. Claude y yo quedamos en una cafetería y me explicó la situación:

“Le hemos quitado la llave del interior de la casa, pero mientras encontramos a un nuevo guarda que lo sustituya en los próximo dos o tres días, Kasimu seguirá encargado de la verja de la casa. No te preocupes, que esta noche dormiré en la casa, dado que no me da tiempo a volver al norte hoy mismo.”

Alrededor de las 7 o las 8 de la tarde, ya completamente oscuro, llegué a la casa. Claude estaba en el centro de Kigali viendo un partido de la Eurocopa. Abrí la cancela recordando la noche anterior. Me crucé con Kasimu al que saludé sobria y fríamente antes de meterme en la casa. Me instalé en el salón donde encendí la televisión y preparé el libro que aquella noche deseaba leer. Antes de sentarme en el sofá, abrí la puerta corredera de cristal que daba al jardín olvidando después cerrarla con pestillo…


 Una vez recostado en el sofá, leyendo y con la televisión de fondo, vi como esa puerta se deslizaba hacia un lado dejando que se colara el aire. Kasimu entró. Yo murmuré “¿Qué estás haciendo?” La mitad de su cuerpo aún permanecía fuera y no me oyó. Quedé inmóvil y en silencio contemplando lo que hacía. Se introdujo en el salón dándome la espalda, sin cruzar mirada… cerró la puerta… echó el pestillo, “clack”… corrió las cortinas (éste fue el momento más aterrador)… sin volverse hizo un gesto con la mano derecha por el que sacaba algo y lo preparaba con pequeños movimientos… se giró 90 grados…

Fue entonces cuando lo vi. Un cuchillo de cocina con larga y ancha hoja. Quedé fulminado, paralizado, incapaz de pronunciar palabra ni de desplazarme. Desde que corrió las cortinas sentí que algo malo iba a ocurrir. Esas sospechas se hicieron evidentes mientras preparaba el cuchillo y finalmente se materializaron cuando pude ver aquella arma blanca. Presentí la muerte. Mi postura, recostado en el sofá, no me permitía saltar ni salir corriendo. Él estaba a apenas dos metros de mí. Yo además me hallaba flanqueado por dos sofás y una mesa. En cualquier momento se giraría, saltaría sobre mí y me hincaría el cuchillo. No había escapatoria.

El destino quiso que su nuevo estado de embriaguez (que después pude comprobar) le hiciera caminar de frente sin cruzar mirada conmigo pasando así de largo sin verme… por muy cerca que estuviera. Cuando calculé que se alejaba unos 5 metros de la puerta corredera di un salto, abrí el pestillo y escape. Corrí hasta la cancela que daba a la calle. Me temblaba el pulso. No era capaz de encajar la llave en la cerradura. Estaba abierta. Salí. El corazón me palpitaba como jamás lo había hecho antes. Kasimu, desconcertado, salió por la puerta de la cocina y caminó hasta la calle. Le insté a que se alejara. Los guardias de cada casa se asomaban entre risas: el blanco se había vuelto loco… Su actitud cambió al ver el cuchillo que Kasimu aún portaba firmemente.

Con gestos le hice entender que no entraría en la propiedad si no depositaba el arma sobre uno de los pilares que escoltaban la verja. Así lo hizo. Entré en la parcela y me detuve sobre el césped del jardín, a una distancia prudencial del guarda.

“¿Qué haces? ¿Qué pretendes? Estás loco.”

Aturdido y con gestos trataba de explicar que se trataba de un mal entendido. Sin embargo Kasimu no tenía ya derecho ni razón para entrar en la casa. Jamás le había visto con ese cuchillo. Nunca, con el objetivo de protegerme a mí o a la casa había portado un arma. Mucho menos en el interior de la residencia. ¿Por qué cerrar el pestillo desde dentro? ¿Por qué preparar el cuchillo una vez en el interior de la vivienda? Nuevamente, estaba borracho. Días después varias personas me hablaron del efecto perjudicial que tenía el alcohol en aquellos que vivieron el genocidio y como estos espirituosos podían hacer que los recuerdos más macabros de aquella tragedia tomaran vida.

El mismo guardia francófono que me había ayudado la noche anterior se asomó al otro lado de la valla y preguntó que qué sucedía. Le expliqué lo ocurrido y comenzó a espetar a Kasimu y a recriminarle sus acciones y su locura. La conversación se prolongó. Kasimu permanecía inmóvil, con la mirada absolutamente perdida. Admitió su estado de embriaguez y en un momento de arrebato se despojó de su ropa y quedó con el torso al descubierto. Asió el cuchillo y corrió hacia mí. Refugiado en la esquina del jardín rodeada por la valla de la casa vecina con el guarda francófono y la verja que daba a la calle me dispuse a saltar mientras mi improvisado guardaespaldas elevaba una porra arrojándose parcialmente sobre la valla para protegerme de Kasimu. Ya en la calle me alejé cuanto pude mientras Kasimu lanzaba el arma como si de una bala perdida se tratara. El guardia de otra casa salió de la propiedad que defendía para recoger el cuchillo del suelo y asegurarse que no podría volver a cogerlo.

Kasimu no volvió a mirarme a los ojos. Inmóvil en la entrada intentaba entender lo que había hecho. Un vecino salió en mi auxilio asegurándome que aquella noche la pasaría en su casa. Llamé a Claude que se presentó allí inmediatamente. Decidimos pedir ayuda a la policía. Muchas comisarías de Ruanda no cuentan con los recursos para costearse un coche patrulla. Por ello Claude y yo fuimos personalmente en el coche de la ONG a buscar a la policía. Al explicar lo sucedido el comisario describió la situación como doblemente grave por lo siguiente:

“Se trata de un caso de violencia, pero además también se trata de un muzungu; es decir, un blanco.”


Tres policías entraron en el automóvil. Llegamos a la casa donde los guardias vecinos aseguraban la permanencia de Kasimu. Los agentes lo desnudaron parcialmente para comprobar que no iba armado. Lo metieron en el coche al que yo me negué a volver y lo encerraron en el calabozo. Una vez acabado el plazo máximo de detención sin denuncia (los representantes de la ONG volvieron tres días más tarde), Kasimu fue liberado y su mujer se lo llevó a su región natal en el noreste del país. Nunca más se supo de él. Un nuevo guardia, Wilson, entró a cuidar de la casa. Yo pasé días revisando cada cuarto al volver a casa. Nunca olvidaré aquella noche, ni aquello que sentí al verle entrar, cerrar, correr las cortinas y mostrar el cuchillo.

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