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Mostrando entradas con la etiqueta música. Mostrar todas las entradas
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domingo, 6 de abril de 2014



             Eran cerca de las seis de la tarde y en Antakya (Antioquía) ya estaba oscuro. Volvía con un par de amigos de una escapada en coche para ver ruinas romanas y cristianas. En el primer caso nos topamos con el antiguo puerto Seleucia de Piera, frente a una extensa, aunque algo sucia playa. Allí se encuentra el túnel de Tito y Vespasiano, ejemplo del poderío de ingeniería romana que conecta los dos extremos de una colina a través de un inquietante pasaje de piedra.

También exploramos los restos cristianos del Monasterio de San Simeón. En la cima de una montaña, esta histórica y no demasiado bien conservada estructura ha sido afeada con la instalación de molinos eólicos alrededor. Más lástima daba ver que sus excelentes mosaicos del s. VI quedaban ninguneados bajo el polvo, la tierra y la suiciedad.


El día había sido bastante completo y como decía, ya regresábamos a Antakya. Nos disponíamos a aparacar cuando escuchamos un estruendo que se repetía con cierto ritmo. Dos tambores y una flauta animaban la calle. La gente los seguía hasta que entraron en una bocacalle donde se asentaron para continuar la fiesta y su singular concierto. Nos dimos cuenta enseguida de que se trataba de una boda turca. Antakya, con todo su gloriosa historia, su importancia en este lado de Turquía y sus casi 250.000 habitantes sigue teniendo mucho de provinciano y las bodas no son sólo un evento para los más allegados sino una motivo de regocijo para todo el barrio que lo celebra con ímpetu.

La boda turca tiene varias fases y se alarga bastante hasta que todos los trámites que unen a dos personas en matrimonio quedan formalmente concluidos. Así contratan a unos músico para dar fe del evento e invitar a la gente a bailar en mitad de la calle, que en este caso era la de la casa de la novia. Los invitados y curiosos como nosotros se agolpaban. Empezaron a tocar una canción que me sonaba familiar; era mi favorita: “Ankarani Baglari”. Los testigos, el padrino y el novio nos sacaron a bailar allí mismo a mis amigos y a mí. Nos caímos bien y nos invitaron a subir a la segunda planta de la vivienda de la recién casada. Era uno de los momentos más emotivos: la novia vestida de blanco, que ya no era una niña, abandonaba la casa de sus padres entre llantos de unos y otros. El rellano estaba a revosar. Bajaron a la calle donde les esperaba el coche que les conduciría al convite. La ceremonia oficial ya había tenido lugar bastante más temprano y ya sólo quedaba celebrarlo. Pensábamos que ya todo había acabado para nosotros, pero fue entonces cuando la hospitalidad turca nos sorprendió una vez más ya que insistieron en que les acompañáramos a la fiesta. No nos lo pensamos dos veces.


Mi canción turca favorita
La novia abandonando su casa y acompañada por un pariente


Llegamos a una sala de fiestas. La entrada estaba toda engalanada con un pasillo flanqueado por los miembros más importantes de la familia para recibir a la pareja. Nos indicaron donde sentarnos y desde entonces no pasamos solos ni un instante. Haciendo alarde de una amabilidad desmedida se nos acercaban unos y otros para conocernos, asegurarse de que estábamos bien, de que no nos faltaba nada. Mesas repletas de gente de todas las edades se disponían alrededor de una pista de baile, un escenario donde se preparaba el cantante y un poco más a la derecha, la mesa de honor para la novia y el novio.


Llegaron por fin y comenzó la jarana. Primero, un baile inaugural al son de una popular canción turca del 2013 mientras que los camareros sostenían bengalas y caminaba en círculos rodeando a la pareja. La novia que lucía un vaporoso vestido llevaba ceñido una especie de fagín con dos iniciales: A & F: Fátima y Ahmet. Después, una pieza lenta para bailar agarrados en la que ya podía participar todos los invitados. Ya finalmente el desmadre: en una celebración musulmana no se sirve alcohol por lo que sorprende aún más la animación y alegría de hombres y mujeres de todas las edades por arrancarse a bailar las danzas típicas del país y la región. Generalmente hombres bailan con hombres y las mujeres con mujeres por su lado aunque también se admitían grupos mixtos. 

Los gestos típicos en el varón: brazos extendidos, dedos chisqueantes y pies al ritmo de cada tonada. La mujer sin embargo no abre sus brazos sino que los que los mantienen cerrados haciendo movimientos circulares como si llamaran a alguien a acercarse a ellas. No nos dejaron descansar ni un segundo, era una boda, estábamos como otros invitados más y había que bailar y divertirse.




Otra danza muy recurrida consistía en cogerse de la manos en fila india hasta hacer un círculo que si viene más nutrido de la cuenta se comienza a cerrarse sobre sí organizando varias filas. El que dirige el baile a un extremo sostiene un pañuelo con una mano derecha y agarra con la izquierda a la de su compañero que hará lo propio con el siguiente. Los pasos sencillos consistentes en cruzar los pies y dar pataditas al aire se revelaron bastante divertidos cuando todos lo seguíamos al unísono.



Los novios vuelven a salir a bailar y los parientes empiezan a arrojar dinero sobre sus cabezas. Los billetes que lanzaban servían para augurar fortuna a los recién casados. Acercándonos detenidamente al dinero, nos dimos cuenta de que se trataban de billetes falsos que se pueden comprar por paquetes en el bazar para este tipo de celebraciones.



Por fin llegó la tarta. Varios pisos de pastel que luego también resultó ser falso. Un aparente ejemplo de repostería que quedaría muy bien en la foto, pero que en absoluto era comestible. El pastel de verdad vendría servido en platos para cada uno de los asistentes posteriormente.

Nuestro avión de vuelta a Estambul salía en apenas una hora y teníamos que abandonar, muy a nuestro pesar, aquella estupenda fiesta. Nos despedimos de mayores, jóvenes y niños que tan hospitalarios y fantásticos fueron con nosotros sin antes dar las gracias a los protagonistas del evento y desearles lo mejor.


Nunca pensé que me cruzaría con una boda en mi viaje a Antioquía. Pero he de admitir que fue tremendamente divertida e interesante desde el punto de vista cultural. Habrá que repetir.


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Las Bodas en Ruanda

Una Boda en Indonesia


sábado, 26 de octubre de 2013

           A veces, cuando estamos de viaje escuchamos en la radio, por la calle o a algún grupo de música local canciones españolas o a las que siempre hemos estado acostumbrado a oír en español. La sorpresa viene al darnos cuenta de que aquellas canciones tan nuestras han traspasado fronteras y han sido versionadas en lenguas extranjeras. Suelen ser divertidas aunque en ocasiones chirrían más de la cuenta...

Aquí os dejo algunas curiosas versiones de canciones muy nuestras, de la comunidad hispanohablante: 

Y Viva España, del difunto Manolo Escobar. Tenía que ser la primera en aparecer en esta entrada. Sí, sí.... versión en inglés: 




Paquito el Chocolatero. El famoso pasodoble traspasó los Pirineos y fue traducida al francés:



Borriquito como Tú: La célebre tonada de Peret también se cantó en francés. A nuestros vecinos les gusta lo nuestro.




Amor, Amor,Amor de Lolita. Esta famosa canción española de la hija de Lola Flores ganó gran fama y reconocimiento entre nuestros vecinos del Mediterráneo: los turcos.




La Bamba. Iba medio dormido en un autobús de Myanmar (Birmania) cuando escuché una melodía que me resultaba muy familiar: La Bamba... ¡pero en birmano!




Angelitos Negros de Machín fue una gran canción de protesta antirracista. En los tiempos de la reclamación de derechos civiles en Estados Unidos también tuvo cabida su adaptación al inglés.



Una Rosa es una Rosa fue una de las grandes piezas de Mecano. Ellos mismos la interpretaron en italiano. Lo que no es tan conocido es que la cantante griega Konstantina decidió hacerse con la versión helena para su propio repertorio.


Guantamera. Hito de la música hispana cosechó éxitos y popularidad en Camboya con su versión en lengua jemer.


Sevillanas en japonés. Para acabar hay que reconocer el esfuerzo de este grupo de flamenquito que se abren al mercado nipón arrancándose a cantar sevillanas en japonés:



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Canciones de cada Hemisferio


sábado, 28 de septiembre de 2013

           Cuando mi madre me enseñó a bailar sevillanas en aquel verano, pocas semanas antes de la Feria de Málaga, no me podía imaginar que habría un día en que me servirían para ganarme la vida.

Estaba haciendo prácticas en Camboya, para la Oficina del Alto Comisionado de Derechos Humanos de la ONU. Se trataba de mi enésima pasantía y último contrato no remunerado. El dinero ya se acababa, todas las becas estaban liquidadas y pedir más dinero a la familia rozaba la desfachatez. De modo que decidí exportar algo de la tierra y que no se me daba del todo mal: las sevillanas.

Pocos días antes de marcharme vi en un foro de expatriados residentes en Camboya que una organizadora de cursos y talleres buscaba gente capaz de enseñar algo. Enseguida respondí al anuncio ofreciéndome a dar clases de sevillanas o de español… Las de español no llamaron mucho la atención,  sin embargo nuestro pintoresco baile resultaba más llamativo para esta empresa. Así que acordamos una cita para cuando llegara a Phnom Penh.

Ya en el colegio mayor en Madrid había enseñado a varios amigos que se preparaban para la “Feria de Abril” de Ciudad Universitaria. Lo mismo hice en la Embajada de España en Washington D.C. con algunos funcionarios y repetí con un grupo de amigos de las más diversas nacionalidades en Arusha, Tanzania.

Y llegó el día la reunión en aquella academia… La recuerdo como una de las anécdotas más divertidas y, sin mentir en ningún momento, fue todo un despliegue de cara y sinvergonzonería.

-     

     — Hola, soy Manuel. Vengo por las clases de flamenco (Aunque los más puristas no consideran las sevillanas como un palo del Flamenco, esto sigue en permanente discusión, y en el extranjero se patrocina como tal sin entrar en mayores discusiones).
-   — ¡Sí! Encantado. Muchas gracias por venir. Voy a mostrate la sala para ver si efectivamente es apropiada para las clases. (pasamos la habitación contigua: suelo de baldosas, cuarto muy espacioso, con mesas, sillas y un proyector).
-  — Mmmm, sí, sí… Es bastante amplia (comienzo a inspeccionar cada rincón con pronunciada profesionalidad)… ¿Qué tal la acústica…? ¿Entra bastante ruido por las ventanas, no?
-   — Oh, no te preocupes, una vez cerradas no se oye nada (efectivamente, la sala quedó en absoluto silencio).
-    — Siguiendo con la acústica que antes mencionaba… voy a dar unas palmas a ver cómo resuena… (en ese momento improviso unas palmitas a compás de bulerías)… bien, bien. Con respecto al suelo… es una lástima que no sea de madera… permítame si… (de repente me marco un breve taconeo)… bien, bien, no va mal.
-     — Me alegro de que todo esté en orden. ¿Algo más sobre la sala?
-     — Bueno… es una lástima que no haya un espejo que permita a los alumnos verse mientras bailan…
-  — … Bueno, comprar un espejo supondría gastos y si es necesario, eso podría complicar la programación de la clase…
-      — ¡No hay problema, no hay problema! No hace falta espejo. Nos apañamos.
-      — Y bueno, háblame de tu experiencia… ¿cómo aprendiste? ¿has enseñado en el pasado?
-     —  … Bueno, las sevillanas es un baile popular, del pueblo… y por tanto yo lo aprendí en familia, de mi madre… Y sí, en Madrid, Washington y Tanzania he enseñado a más gente; todos pertenecientes a culturas musicales muy diversas.
-      —   ¿Cómo las enseñarías? ¿Cuánto tiempo sería necesario?
-     — Empezaría por la teoría (en ese momento me hago dueño de la pizarra y esbozo un esquema donde aparecían reflejadas la primera, la segunda, la tercera…) y enseguida les pondría a bailar en parejas afianzando cada paso. Sobre cuánto tiempo sería necesario… todo depende de qué grado de dominio se desee.
        — ¿Qué tal un día? Porque dudo que los alumnos deseen comprometerse a un curso de más de un día…
     — ¿… Un día…? mmm... Claro… claro… pero habrá que trabajar duro…
-      — ¡Estupendo! Organizaremos un curso intensivo de sevillanas, nos haremos cargo de la publicidad, del desayuno y merienda, ponemos la sala, electricidad, aire acondicionado… y nos quedaremos con un 50%...
-        — (En fin, qué remedio…) De acuerdo. Trato hecho.



Y llegó el día. Un curso intensivo de 10 de la mañana a 8 de la tarde. Enseñar todas las sevillanas en un sábado a alumnos de todas las edades y nacionalidades: Camboya, Francia, Italia, Bélgica, Australia, Suiza, etc… Fue un éxito. Una jornada agotadora, pero muy divertida y puedo decir orgulloso que aprendieron el baile andaluz por excelencia.


Pero bueno, el sistema de reparto de beneficios no me parecía equitativo. Por otro lado la mayoría de los alumnos querían seguir con las clases. Así nació la idea de comenzar a dar dos lecciones semanales de hora y media: los lunes y martes a 10 dólares por persona y por sesión. ¿Dónde podría continuar las lecciones? Pues sólo había un sitio que lo mereciera y era mi querido Latin Quarter, célebre restaurantes de comida hispana en pleno centro de Phnom Penh. Lo regentaba un uruguallo llamado Diego; un buen amigo que ha vivido y trabajado por todo el mundo y que decidió ofrecerme su local para dar las clase. A él le doy las gracias pues no sólo me permitió sustentarme económicamente sino que en su local pasé momentos muy divertidos. Allí perfeccionamos el baile y lo completamos con modalidades en círculo, de tres y hasta en una silla…








Al marcharme del Reino de Camboya dejaba grandes amistades detrás, colegas de la oficina fabulosos, pero también un puñado de alumnos con los que compartí grandes momentos además de mi cultura. 

Evaluación final: un sobresaliente a todos ellos.

Sigue leyendo otras anécdotas que tuvieron lugar en Camboya o en otros países:


lunes, 25 de marzo de 2013



            Recuerdo muy bien la primera vez que me perdí la Semana Santa de Málaga. Tenía 16 años y estaba cursando primero de Bachillerato en Tennessee, Estados Unidos. Mi madre, que siempre ha luchado para darme una buena educación, decidió mandarme a estudiar fuera para así aprender inglés. Sabía que pasar todo un año lejos sería divertido, una gran experiencia, pero también un sacrificio. No sería posible volver a mi tierra cada vez que un acontecimiento importante tuviera lugar. Fue así como decidí, desde un principio, sacrificar la Navidad y poder así regresar a mi ciudad en primavera, para la Semana Mayor. Era una dura elección, pero parecía más liviana que la de alejarme de la semana en la que los cinco sentidos se colman y donde el folclore va de la mano de la espiritualidad en un encuentro tangible con Dios.

Los meses; sin embargo, fueron pasando y mi familia de acogida americana terminó convenciéndome de volver a casa con los míos por Navidad ya que por cuestiones familiares (una reciente defunción), las Navidades bajo aquel techo quedaban más o menos canceladas.

Creía estar preparado para fallar a la cita con mi cofradía aquel año 2004. De Málaga me traje mis CD´s con marchas, la publicación de “La Saeta” con fotografías de todas la hermandades y un DVD que regalaban aquel año. En el colegio me pidieron que diera un par de charlas sobre nuestra Semana Santa a los estudiantes de español. Les expliqué en qué consistía, traté de hacerles entender que un nazareno no tiene nada que ver con el KKK y hasta les traduje “La Saeta” de Serrat para acercarles un poco más a este sentimiento nuestro.
Como decía, creía estar preparado. No obstante, recuerdo como cada noche me dormía con lágrimas en los ojos escuchando aquellas cornetas y tambores; claro está, con auriculares. Sin embargo, era un año de innovaciones: mi familia me llamó ilusionada cuando se enteró de que el Diario Sur, en su flamante versión digital, planeaban retransmitir en directo las procesiones. No me lo podía creer. La conexión de internet en mi casa no era apropiada; así que pedí a mi vecina, buena amiga mía, que durante los días en que se representa la pasión, muerte y resurrección de Jesús, pudiera ir a su casa a disfrutar en directo. Ella aceptó y de ese modo, con los ojos muy pendientes de aquel pequeño recuadro en el monitor, contemplé, con 6 horas de diferencia horaria, los desfiles procesionales que tanto añoraba. Con emoción envié un mensaje de agradecimiento al soporte del Diario Sur diciendo que, desde Tennessee, se agradecía su labor. Sentí un escalofrío cuando ese locutor, que era mi enlace más tangible con mis raíces y ciudad en aquel momento, me nombraba y leía el mensaje.

Por otro lado, mi amiga norteamericana miraba con fascinación aquellas procesiones. Jamás había visto algo parecido. Fue entonces cuando prometió que algún año vendría a Málaga y las vería en directo. Y así fue. Varios años después voló a mi ciudad, se hospedó en mi casa y se quedó perpleja con nuestra tierra, tradiciones y manera de vivir la fe. Se metió de lleno en nuestra Semana Santa. No faltó a casi ninguna salida. Aún sonrío al recordarla gritar emocionada y con marcado acento estadounidense “el Moreno”, respondiendo a la pregunta de “¿Quién es el más guapo?” en el encierro de Gitanos.

Yo soy Malagueño, de 25 años. Desde que tengo un mes de vida soy hermano de la Expiración. Desde pequeño he salido de nazareno con túnica morada siguiendo a mi Cristo. Con 18, saqué el trono. En dos ocasiones he visto como la lluvia me impedía tener ese mágico encuentro y estremecerme al darme cuenta de lo que llevaba sobre el hombro. Me gusta callejear, colarme en la multitud, sentir el ritmo de las marchas, tomarme un limón “cascarúo” mientras espero a una Virgen en Carretería, me emociono y disfruto con la Semana Santa... en fin, soy un cofrade más.

La segunda vez que me la perdí fue en 2012. En esta ocasión estaba en Tanzania. Tras terminar derecho, descubrí que mi vocación es internacional y que deseo trabajar para la ONU en la protección de los derechos humanos. Conseguí unas prácticas en aquel país africano con el Tribunal Penal Internacional para Ruanda. La distancia ya avisaba de que, una vez más, estaría lejos de casa... y así fue. Con sólo una hora de diferencia en este caso, me planteé cómo superar la melancolía que supone volver a estar lejos de mi ciudad en estas fechas. Me decidí por obviar que era Semana Santa. Convencerme de que era otra semana cualquiera. Aprovechar el contexto cultural y climático, radicalmente diverso, para olvidar lo que estaba apunto de acontecer... así lo lamentaría menos... Iluso de mí. El Lunes Santo, antes de dormirme, no fui capaz de aguantar la tentación, mirar el tiempo, seguir los pronósticos que impidieron procesionar a Gitanos y Crucifixión (si no recuerdo mal) y engancharme a la retransmisión del Diario Sur y de Onda Azul Málaga para sentirme de nuevo en casa. Volví a escribir un mensaje informando de mi ubicación y fue nuevamente publicado. El Miércoles Santo no me permitía trasnochar demasiado... había que trabajar al día siguiente. Pero en mitad de la noche me desperté, reactivé la retransmisión y por un instante me trasladé al recorrido oficial por el que marchaba María Santísima de los Dolores Coronada. De nuevo, gracias por aquel momento.

Uno siempre dice “nunca más” pensando que al año siguiente nada le impedirá volver adonde pertenece... pero qué difícil es cumplirlo. En esta ocasión, en otro continente: Asia, concretamente en Yakarta, capital de Indonesia. Un contrato de consultor para un par de proyectos en la Organización Internacional del Trabajo era una oportunidad que no podía desperdiciar. El precio; otra vez demasiado alto: perderme la Semana Santa. Ya no sabía si entregarme a la melancolía y seguir minuto a minuto todo lo que pasaba o darme de baja en twitter. Los días se fueron acercando y ya no quedaba amigo mío en esta capital que desconociera la Semana Santa de Málaga. Poco a poco, más triste y nostálgico. El pasado jueves, haciendo escuchar al conductor javanés “Caridad del Guadalquivir” en un taxi desde mi móvil. Viernes de Dolores, lejos del traslado de mis titulares. Sábado pensando en mis amigos que disfrutaban de la comida de portadores de mi cofradía. Domingo de Ramos... ya son palabras mayores.

Sí, estaba triste y no entendía bien que hacía aquí. Por muy feliz que se está viajando y trabajando fuera, estos momentos te hacen cuestionar su sentido. Fui a misa en inglés a una iglesia católica en este país de inmensa mayoría musulmana. Al entrar me dieron una hoja de palma. En el interior todo el mundo las agitaban. Aquí también era Domingo de Ramos. Me emocioné mientras visualizaba a los malacitanos luciendo una cruz hecha con una ramita de palma sobre la solapa de la chaqueta o camisa que estrenan para que no se les caigan las manos.



De vuelta a casa, cena y búsqueda del rincón más idóneo del edificio para obtener la mejor conexión de internet. Algo grande iba a empezar. El Diario Sur y Onda Azul volvían a cumplir con su cita y a reunirse con los expatriados que no pueden estar en casa y con los residentes que por alguna razón no pueden salir de ella. Ya se veía la Humildad, y el Huerto, y el Dulce Nombre... Los itinerarios en Yakarta anuncian que ese Dulce Nombre paseará por la Alameda a las dos de la mañana y no a las ocho de la tarde. La diferencia horaria y el trabajo reclaman ir a dormir. Al menos había vuelto a pasear por esa arboleda. Los locutores describían esa ancha calle como un caos que al pasar los tronos se humanizaba estrechándola y ordenándola. Aun estando solo a tantos kilómetros de distancia, en aquel momento, me sentí arropado.

Lo que ya era una tradición consistía en agradecer y escribir desde mi nueva ubicación. Yo dormía, pero la locutora mencionaba que el programa era seguido desde Indonesia... ¿Qué puede sentir un malagueño viendo las procesiones por internet? Pues muchas ganas de llorar... desde Indonesia. Mi madre, escuchando estas alusiones en la televisión desde su salón, también lloró.

No importa cuanta empatía puedan tener tus amigos fuera de España. Por mucho que lo intenten, nunca lo comprenderán. Este es un sentimiento que sólo conocen los que lo comparten. Los que se sienten llenos callejeando por su ciudad una nueva primavera, entre saetas, tronos, incienso y terciopelo. No, el año que viene no me la pierdo...

Por esta labor, por este servicio, por este favor, por este trabajo, por este cariño al describir lo nuestro, gracias al soporte técnico de Diario Sur y de Onda Azul que hace posible que la amargura sea menos amarga.


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Nyepi, Año Nuevo Hindú en Bali

jueves, 21 de marzo de 2013


               Hay siempre una canción para cada época en la vida. Notas que nos evocan a un campamento de verano, a unas vacaciones en la playa, a un viaje por Europa. Es muy común que nuestras mentes vinculen ciertas experiencias con melodías. Yo tengo claro cuales fueron las canciones que me acompañaron en cada país. Son temas que no llegan a nuestros países o que con frecuencia se quedan en sus regiones. Algunas son buenas, otras pegadizas y de otras nos avergüenzan pero a fuerza de oírlas a diario en tiendas, restaurantes, discotecas y en la radio, se terminan convirtiendo en compañeras de viaje.

En Estados Unidos era genial levantar los brazos con orgullo cuando sonaba la versión masterizada de “Empire of Mind” desde que supe que me mudaría de Washington DC a Nueva York. Mientras cursaba el programa de verano INSIDE organizado por ICADE y Georgetown en Washington, mi amigo Ñaco ponía constantemente en su móvil una de reggaeton, “Barquito” de Tito Bambino. Estas dos son tan accesibles y comerciales que obviaré sus links.

No obstante, la canción que se convirtió en la banda sonora de mis recuerdo de la gran Ciudad fue la que oí y grabé en una parada de metro de una estación neoyorkina... ahí la dejo:




En París conocí a Serge Gainsbourg y Juliette Gréco de la mano de una amiga de Orleans que me llevó a un show de una melancólica artista que se hacía llamar la Comtesse (la Condesa) y que cantaba las canciones que ambientaron aquel barrio de Saint-Germain-des-Prés en los años 50 y 60.


Ahora bien, África fue algo distinto. Música y ritmos que jamás había oído antes con su particular forma de bailar. Empezamos por Arusha, Tanzania:

En el #1 se sitúa sin lugar a dudas “Hakunaga” de Suma Lee. La palabra “Hakunaga” es una forma coloquial (influenciada por una lengua tribal que deja caer un “ga” al final de algunas palabras) de “Hakuna” que significa “nada", "nadie", "no hay nada" o "no hay nadie”. Es la misma célebre palabra acuñada en la banda sonora de El Rey Leon, Hakuna Matata. La canción dice así: Hakunaga, zaidi yangu mi' na wewe (el mi´es la versión abreviada de “mimi”, que significa “yo”), que quiere decir “no hay nadie más (mejor) que tú y que yo”.
Algo especial de esta canción es que tenía su propia coreografía que todo el mundo repetía en la mejor discoteca de Arucha... aquellas fantásticas noches de jueves en Via-Via.


En el #2 se coloca “Nwa Baby”, más conocida como “Sawa le”, de Flavour. Su letra en una lengua local nigeriana mezclada con un poco de inglés no permite ser traducida por respeto a la decencia... pero es genial escucharla.

En #3 posición queda “FaceBook” con Dj Cleo, desde Sudáfrica. La mayor parte en inglés.


Hay otras tantas que sonaban con cierta frecuencia como “Paper love”, “Chop my Money” or “One More Night”.



De Ruanda me llevo una gran canción que revolucionó el verano de Kigali. Se trata de “Pala Pala”, de King James. Básicamente, el cantante le dice su pareja que se aclare y que se deje de tonterías; de sí, de no, en fin, que se deje de “pala-pala”.


De la India me llevo los sonidos de Bollywood y por tanto el hit que descubrí allí: "Mast Kalandar", tema de la película Heyy Babyy.


Cambiando de tercio nos teletransportamos hasta el Sudeste Asiático. Este es otro mundo. El ritmo se deja de lado en beneficio de lo melódico, romántico, lo muchas veces cursi y en resumidas cuentas, lo susceptible de ser cantado en un Karoke, el entretenimiento regional/continental asiático.

De Camboya os dejo la canción más cursi, no apta para diabéticos, pero que en un intento de ser rigurosos y de presentar lo que realmente se escucha en el país, hay que incluir. Existen dos versiones; una primera, cantada por un chico, y una segunda, entonada por una mujer, que corresponde con una secuela de la historia relatada en la versión original. Se llama “sangsar leng leng” y síginifica “amante falso”, en jemer, la lengua oficial del Reino de Camboya.


Finalmente, representando a Indonesia, una canción muy pegadiza que me enseñó mi amigo javanés, Ashyafat. Se titula “Pandangan Pertama”, de RAN. Está cantada casi íntegramente en indonesio (bahasa indonesia).

¡Que las disfrutéis!

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