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Mostrando entradas con la etiqueta Playas. Mostrar todas las entradas
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domingo, 6 de abril de 2014



             Eran cerca de las seis de la tarde y en Antakya (Antioquía) ya estaba oscuro. Volvía con un par de amigos de una escapada en coche para ver ruinas romanas y cristianas. En el primer caso nos topamos con el antiguo puerto Seleucia de Piera, frente a una extensa, aunque algo sucia playa. Allí se encuentra el túnel de Tito y Vespasiano, ejemplo del poderío de ingeniería romana que conecta los dos extremos de una colina a través de un inquietante pasaje de piedra.

También exploramos los restos cristianos del Monasterio de San Simeón. En la cima de una montaña, esta histórica y no demasiado bien conservada estructura ha sido afeada con la instalación de molinos eólicos alrededor. Más lástima daba ver que sus excelentes mosaicos del s. VI quedaban ninguneados bajo el polvo, la tierra y la suiciedad.


El día había sido bastante completo y como decía, ya regresábamos a Antakya. Nos disponíamos a aparacar cuando escuchamos un estruendo que se repetía con cierto ritmo. Dos tambores y una flauta animaban la calle. La gente los seguía hasta que entraron en una bocacalle donde se asentaron para continuar la fiesta y su singular concierto. Nos dimos cuenta enseguida de que se trataba de una boda turca. Antakya, con todo su gloriosa historia, su importancia en este lado de Turquía y sus casi 250.000 habitantes sigue teniendo mucho de provinciano y las bodas no son sólo un evento para los más allegados sino una motivo de regocijo para todo el barrio que lo celebra con ímpetu.

La boda turca tiene varias fases y se alarga bastante hasta que todos los trámites que unen a dos personas en matrimonio quedan formalmente concluidos. Así contratan a unos músico para dar fe del evento e invitar a la gente a bailar en mitad de la calle, que en este caso era la de la casa de la novia. Los invitados y curiosos como nosotros se agolpaban. Empezaron a tocar una canción que me sonaba familiar; era mi favorita: “Ankarani Baglari”. Los testigos, el padrino y el novio nos sacaron a bailar allí mismo a mis amigos y a mí. Nos caímos bien y nos invitaron a subir a la segunda planta de la vivienda de la recién casada. Era uno de los momentos más emotivos: la novia vestida de blanco, que ya no era una niña, abandonaba la casa de sus padres entre llantos de unos y otros. El rellano estaba a revosar. Bajaron a la calle donde les esperaba el coche que les conduciría al convite. La ceremonia oficial ya había tenido lugar bastante más temprano y ya sólo quedaba celebrarlo. Pensábamos que ya todo había acabado para nosotros, pero fue entonces cuando la hospitalidad turca nos sorprendió una vez más ya que insistieron en que les acompañáramos a la fiesta. No nos lo pensamos dos veces.


Mi canción turca favorita
La novia abandonando su casa y acompañada por un pariente


Llegamos a una sala de fiestas. La entrada estaba toda engalanada con un pasillo flanqueado por los miembros más importantes de la familia para recibir a la pareja. Nos indicaron donde sentarnos y desde entonces no pasamos solos ni un instante. Haciendo alarde de una amabilidad desmedida se nos acercaban unos y otros para conocernos, asegurarse de que estábamos bien, de que no nos faltaba nada. Mesas repletas de gente de todas las edades se disponían alrededor de una pista de baile, un escenario donde se preparaba el cantante y un poco más a la derecha, la mesa de honor para la novia y el novio.


Llegaron por fin y comenzó la jarana. Primero, un baile inaugural al son de una popular canción turca del 2013 mientras que los camareros sostenían bengalas y caminaba en círculos rodeando a la pareja. La novia que lucía un vaporoso vestido llevaba ceñido una especie de fagín con dos iniciales: A & F: Fátima y Ahmet. Después, una pieza lenta para bailar agarrados en la que ya podía participar todos los invitados. Ya finalmente el desmadre: en una celebración musulmana no se sirve alcohol por lo que sorprende aún más la animación y alegría de hombres y mujeres de todas las edades por arrancarse a bailar las danzas típicas del país y la región. Generalmente hombres bailan con hombres y las mujeres con mujeres por su lado aunque también se admitían grupos mixtos. 

Los gestos típicos en el varón: brazos extendidos, dedos chisqueantes y pies al ritmo de cada tonada. La mujer sin embargo no abre sus brazos sino que los que los mantienen cerrados haciendo movimientos circulares como si llamaran a alguien a acercarse a ellas. No nos dejaron descansar ni un segundo, era una boda, estábamos como otros invitados más y había que bailar y divertirse.




Otra danza muy recurrida consistía en cogerse de la manos en fila india hasta hacer un círculo que si viene más nutrido de la cuenta se comienza a cerrarse sobre sí organizando varias filas. El que dirige el baile a un extremo sostiene un pañuelo con una mano derecha y agarra con la izquierda a la de su compañero que hará lo propio con el siguiente. Los pasos sencillos consistentes en cruzar los pies y dar pataditas al aire se revelaron bastante divertidos cuando todos lo seguíamos al unísono.



Los novios vuelven a salir a bailar y los parientes empiezan a arrojar dinero sobre sus cabezas. Los billetes que lanzaban servían para augurar fortuna a los recién casados. Acercándonos detenidamente al dinero, nos dimos cuenta de que se trataban de billetes falsos que se pueden comprar por paquetes en el bazar para este tipo de celebraciones.



Por fin llegó la tarta. Varios pisos de pastel que luego también resultó ser falso. Un aparente ejemplo de repostería que quedaría muy bien en la foto, pero que en absoluto era comestible. El pastel de verdad vendría servido en platos para cada uno de los asistentes posteriormente.

Nuestro avión de vuelta a Estambul salía en apenas una hora y teníamos que abandonar, muy a nuestro pesar, aquella estupenda fiesta. Nos despedimos de mayores, jóvenes y niños que tan hospitalarios y fantásticos fueron con nosotros sin antes dar las gracias a los protagonistas del evento y desearles lo mejor.


Nunca pensé que me cruzaría con una boda en mi viaje a Antioquía. Pero he de admitir que fue tremendamente divertida e interesante desde el punto de vista cultural. Habrá que repetir.


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Las Bodas en Ruanda

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sábado, 16 de noviembre de 2013

           Suele decirse que hay dos tipos de personas: los de playa y los de montaña. Si hay que elegir una, yo me quedo con el mar y si toca que ser aún más concreto, con las costas tanzanas. Durante mi estancia en Arusha, al norte de Tanzania, hice una excursión a Pangani con 4 amigos: una estadounidense, un indonesio, una singapurense y un chino. Teníamos preparado un safari. Por fin visitaríamos el Serengueti y el Ngoro-Ngoro; pero el viaje se truncó. Habíamos regateado tanto que al organizador ya no le salían las cuentas y la noche anterior nos dejó colgados. Nos despertamos sin saber qué hacer, cómo aprovechar el puente que nos eximía de trabajar en el Tribunal Penal Internacional para Ruanda. Le dimos varias vueltas hasta que en el monitor de nuestro ordenador seleccionamos el mapa del país… Había una ciudad en la costa; su nombre, Pangani. No lo sabía en aquel momento, pero aquel pueblo acogía uno de los escenarios más bonitos que jamás he visto y al que deseo volver pronto.


Improvisamos una mochila: fuera el camping de safari y dentro la toalla y el bañador. Llamamos a un taxi y nos plantamos en la estación de autobuses. Como en todos los intercambiadores de África, el caos es protagonista. Eran las 11 de la mañana. El autobús estaba a punto de salir. No sabíamos cuánto duraría el trayecto ni cuanto costaba el billete. Nos metimos en el autocar en dirección a Tanga desde donde continuaríamos en taxi hasta Pangani. Pagamos lo que nos pidieron y empezamos un viaje de algo más de 6 horas… El paisaje que se contemplaba desde la ventana no dejaba dormir a nadie: estepas y explanadas, más tarde desierto para después empezar a brotar la vegetación las palmeras y finalmente el olor del Océano Índico.





Al llegar a Tanga cogimos uno de los numerosos taxis que allí esperaban a los recién llegados visitantes. Regateamos como de costumbre e iniciamos el último tramo de nuestro viaje: hacia Pangani, al hotel PEPONI. Ya había caído la noche y por esa precaria carretera caminaban y montaban en bici los locales… en la completa oscuridad. Al pasar el coche por su lado, nuestros faroles daban un respiro a aquellos ciclistas; no obstante, al alejarse nuevamente volvían a quedar envueltos en la sombra.

Habíamos llegado. Un restaurante, un grupo de amigos franceses de avanzada edad y nosotros. Estaba regentado por un tanzano inglés (hijo de antiguos colonos) y su hija. El señor nos dio la bienvenida, nos ofreció algo de cenar y nos indicó, para nuestro agrado, que el mar estaba justo ahí.

Tres de mis amigos tomaron una habitación. Otro y yo preferimos la opción más económica e instalar nuestra tienda de campaña en la zona que el complejo habilitaba para ello, al lado de la playa, con cubierta y tomas de electricidad en varios postes por allá repartidos. Tras cenar, cogimos la toallas, un candil, una botella de ginebra y nos sentamos en aquella oscura playa. No fue hasta el amanecer que nos percatamos de la belleza de aquel océano.



Nos despertamos temprano. Queríamos ver salir el Sol. Poco a poco el negro del noche se iba transformando en un místico celeste. En la costa continental tanzana la marea se retira cientos y cientos de metros de la orilla dejando una infinita lámina de agua casi encharcada que no cubre por encima de los tobillos. A lo lejos se divisaban pequeñas barcas pesqueras. Me eché a caminar hasta ellos sin que el agua me cubriera. Al alcanzar al pescador que achicaba agua de la embarcación con un bidón por la mitad cortado, decidí estrenar mi recién aprendido y aún muy pobre suajili: “ninapanda” “¿Subo?”. Aquel señor sonrió y me invitó a su barco. Comencé a ayudarle a achicar agua y después de un tiempo le dejé continuar con su trabajo.







Desayunamos y nos preparamos para nuestra excursión. Un barquito velero nos llevaría a hacer snorkeling para terminar visitando una isla, “Sand Island”, donde almorzaríamos… Todo aquello por 12 dólares. Nos dieron el material para bucear y empezamos a caminar mar adentro hasta que la orilla parecía una línea lejana en el horizonte, si bien el agua seguía sin cubrirnos.

Los marineros tanzanos capitaneaban el barco. Disfrutamos de los arrecifes de corales en 3 lugares distintos. Este lado de la costa africana es rico en su fondo marino ofreciendo una magnífica experiencia para el amante del snorkeling.









Seguimos navegando. De repente una línea blanca y distante apareció en medio del océano. Dicha franja fue engordando poco a poco hasta que fue evidente reconocerla: era una isla. En realidad, al contratar la excursión no sabíamos nada de aquel sitio. Fue una sorpresa. El agua que rodeaba a esa diminuta isla en medio de la nada era transparente y de un pálido celeste. Ni un árbol, ni un alma. Tan sólo ese banco de arena que el océano nos había obsequiado. Se trataba de un escenario idílico, paradisíaco. Una micro isla para ti y tus amigos, con comida y buceo… por 12 dólares.



Como niños corrimos de un lado a otro, jugamos en el mar, con la arena y finalmente nos relajamos. Llegada la hora de comer, la tribulación improvisó un toldo en medio de la isla con cuatro palos. Sándwich y un refresco. No se podía pedir nada más. No suelo volver a sitios en los que ya estuve… Hay demasiado  por conocer en el mundo. Pero Pangani, Peponi (que además significa paraíso) y la Sand Island son una excepción.









Casi sin darnos cuenta la isla fue menguando. Poco a poco el océano la fue aniquilando, absorbiendo. Era hora de marcharse. La marea subía y para cuando empezamos a alejarnos al ritmo del soplo del viento, aquella inmensa masa de agua había fagocitado ese paraíso... hasta la mañana siguiente, como todos los días.



El final del día fue cubierto con un agradable paseo por la costa, por los manglares, un baño en la piscina y una incipiente insolación. Caímos rendidos y tras un festín de marisco (extremadamente barato), nos fuimos a dormir.




Queríamos asegurarnos de que podríamos coger el autobús que por allí pasaba. Que no perderíamos nuestro autocar en Tanga. La furgoneta que nos tenía que recoger pasó de largo. Empezamos a preocuparnos. Fue entonces cuando extendimos nuestro brazo y paramos a la primera camioneta que pasó. Un transportista de sacos de pescado seco aceptó a llevarnos. Durante más de una hora y sentados sobre aquellos sacos pudimos disfrutar del atestado automóvil que además compartíamos con otros viajeros. En un momento determinado nos paró la policía. Aquel tanzano uniformado se sorprendió al ver a 5 extranjeros sentados sobre la carga de la furgoneta. Podía chapurrear el inglés. Nos hizo un par de preguntas y nos deseó un buen viaje. Seguramente nos inquietamos al pensar que quizás tendríamos algún problemas, pero no sucedió nada.

Llegamos a Tanga y nos lanzamos a nuestro autobús de las 11. Por el camino y en cada estación los vendedores desesperados golpeaban las ventanas para llamar nuestra atención y así comprar fruta, galletas, zumos. Todos repetían la palabra “muzungu” que significa “blanco”. Cada viaje en autobús seguía siempre el mismo patrón. Era siempre una aventura. Por fin llegamos a Arusha, a nuestra casa, cansados después de un largo viaje, tras una corta visita al paraíso al que tanto deseo regresar.

Ya ha pasado más de un año de aquella escapada y sigo en contacto con aquellos amigos. Una trabaja para el gobierno en Singapur, otro para una compañía de comunicación en Indonesia y mi amigo chino cofundó una ONG para promocionar el Derecho Penal Internacional en China (CIICJ).


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Cuando pisé Tanzania, cuando pisé África


viernes, 15 de marzo de 2013


         En marzo de 2013 pasé el año nuevo hinduista en Bali con unos amigos. Esta festividad se llama “Nyepi” y es día festivo a nivel nacional en toda Indonesia. Como caía en martes decidimos disfrutar del puente en aquel paraíso llamado Bali. Seis amigos de diferentes nacionalidades tomamos el avión desde Yakarta a Denpasar (aeropuerto balinés) el jueves por la noche. Todo estaba listo y era perfecto: uno de nosotros tenía un par de casas en zonas diferentes de la isla y nos invitaba a disfrutar con él de aquel exótico año nuevo del que jamás habíamos oído hablar y del que, hasta que pisamos la isla, sabíamos muy poco.




La generosidad y hospitalidad de nuestro amigo fue inmensa. Pasamos cinco noches en su villa de Candidasa en el este, y una noche en Seminyak, al oeste. Esta última zona recuerda a una Tarifa con un ambiente turístico, surfero y lleno de restaurantes y tiendas. La otra, apartada y más rural, es un prototipo de calma, relax y de acercamiento a la cultura local.


Fueron unas vacaciones fabulosas de risas, baños en la piscina, juegos, buena comida y excursiones. Visitamos en un par de ocasiones una de las playas más bellas e inaccesibles: white sand beach. Alquilamos motos y alcanzamos la cimas de las colinas del este para ver la costa y las plantaciones de arroz dispuestas en perfectas terrazas verdes y encharcadas. Probamos por primera vez a hacer surf. Vimos algunos de los atardeceres más espectaculares y visitamos templos tan impactantes como el de Uluwatu en el borde de un acantilado o el Tanah Lot cavado en una enorme roca en el mar. Nuestro último día fue el de Nyepi.


Yendo de paquete en la moto que conducía mi amigo Marco vi con asombro como después de bordear decenas de curvas de vértigo que nos guiaban a poblados de las colinas balinesas, la preparación de esta “noche vieja” iba tomando forma. En Bali, el 97% de la población es hinduista. La minoría restante se divide entre musulmanes y cristianos. Los balineses sobrevivieron a la expansión islámica que se inició varios siglos antes con los primeros mercaderes indios que arribaban al archipiélago. Hoy por hoy, mantienen con orgullo su idiosincrasia, su religión y su manera de hacer las cosas. La noche antes de Nyepi, los balineses divididos en poblados, comunidades y familias comienzan a construir interesantísimas estatuas de cartón piedra. Representan dioses y malos espíritus de la tradición hinduista. Suelen ser bastante grandes, de unos 3 o más metros (aunque también hay que resaltar el mérito de aquellas imágenes más pequeñas realizadas por niños). Los enormes e iracundos ojos, los afilados dientes, sus posiciones en pleno movimiento, sus garras y sus músculos contraídos no dejan indiferente a aquél que lo contemple. Los construyen sobre andas o varales echos con cañas de bambú entrecruzados como si de un trono o un paso de semana santa se tratara.




A partir de las 6 de la tarde, coincidiendo con el atardecer, los autóctonos comienza masivas procesiones llevando sobre sus hombros miles de imágenes de los malos espíritus por las calles de toda la isla. Nosotros nos perdimos el desfile propio de Seminyak, pero fue desde el coche, alrededor de las diez de la noche cuando, en nuestro camino a Candidasa, pudimos contemplar aquellas aglomeraciones que disfrutaban viendo las espectaculares estatuas desplazarse una tras otras portadas por sus creadores.

Cuando llegamos a casa de nuestro amigo, aquel pueblo ya había concluido su procesión y aunque la costumbre manda que esas coloridas figuras sean quemadas para así eliminar a los malos espíritus, algunos se empeñaron en conservarlas ya que el esfuerzo y trabajo invertidos durante los últimos días parecía superar a la superstición.

Es entonces cuando comienza la fiesta. Los hombres por un lado y las mujeres por otro. Las comunidades se reúnen en estructuras techadas sin paredes con un claro estilo balines. Allí se acometen celebraciones religiosas, encuentros familiares y de la comunidad, fiestas, conciertos, la construcción de las esculturas, etc. Bebían alcohol local, comían, se reían y bailaban. La música era la de la radio o la de sus móviles. Lo mismo sonaban los Gipsy Kings, reggaeton o música pop estadounidense. En este contexto de intromisión occidental con música y aparatos extranjeros, los asistentes a la fiesta vestían su ropa tradicional sin que faltar el elegante pañuelo anudado en la cabeza. Para el turista esto podría ser decepcionante ya que no tocaban su música tradicional ni bailaban una danza tribal. Pero esa no es la realidad. Ellos con su ropa disfrutaban con la música que habían elegido, del mismo modo que una guapa jerezana vestida de flamenca baila ritmo latinos a las tantas de la madrugada en alguna caseta de su feria... por mucho que a algún extranjero le agradaría fotografiarla sobre el albero improvisando una bulería (que también se ve).


La diversión y el exceso estaban servidos. Era año nuevo y había que aprovechar al máximo ya que al día siguiente era Nyepi. Nyepi es el día del silencio y del recogimiento. Desde las 6 al amanecer y durante las siguientes 24 horas, estaba prohibido trabajar, salir de casa, encender fuego, hablar fuerte, realizar actividades lúdicas, ir a la playa, escribir... y para muchos rigurosos hinduistas, ni hablar ni comer. Esto lo respetaban el resto de minorías religiosas y también los turistas a los que se les permitía poco más que permanecer en casa, con luces tenues que no pudieran ser intuidas desde fuera, sin música ni voces altas (a no ser que se hospeden en hoteles de lujo). Para asegurarse de ello, las comunidades locales denominaban a los “Pecalang”, una especie de policía religiosa elegida para la ocasión que patrullan las aldeas siendo los únicos con licencia para transitar las calles.

La razón detrás de esto es que en la “noche vieja” de Nyepi, los espíritus malignos representados en las imágenes cremadas, vuelan sobre la isla de oeste a este buscando almas a las que maldecir... Como toda la isla permanece en silencio y a oscuras, dicho espíritus son engañados pensando que no que la isla está desierta y pasan de largo.

En la mañana de Nyepi nos despertamos alrededor de las diez de la mañana. Había llegado el día más esperado: el de no hacer absolutamente nada, el del relax total. Aprovechamos las primeras horas de la jornada para disfrutar del sol y de la piscina antes de que un chubasco de media tarde acelerara el atardecer. Una señora que trabajaba y conocía a la familia de Marco desde hace años accedió a cocinar para nosotros como un favor extraordinario aquel día. Entró y se marcho casi de puntillas en la casa y ya no vimos a nadie más hasta la madrugada. Entre nosotros cada uno realizaba la actividad que más le apetecía: una partida de ajedrez, la lectura de un buen libro, una gratificante siesta o escribir anécdotas como ésta. No nos habíamos dado ni cuenta, pero ya era de noche. Teníamos prohibido encender luces que pudieran divisarse desde fuera, de modo que salvo una habitación con espesas cortinas, el resto de la casa permaneció en una oscuridad tan sólo interrumpida por la penumbra que proyectan pequeñas velas. No habíamos preparado las maletas y depositamos todo lo que encontrábamos con la ayuda de la luz de nuestros móviles en el dormitorio encendido.

Nos tumbamos en el jardín bajo el cielo plagado de estrellas inmaculado de contaminación lumínica. Estrellas fugaces, historias, anécdotas que contar y un baño en la piscina antes de ir a dormir. Una vez en el agua fue imposible no alzar la voz más de la cuenta. Llamaron a la puerta. Era un Pecalang... nos avisó de guardar silencio o de lo contrario llamaría a la policía. La fiestas se había acabado. Era momento de acostarse.

No era ni media noche, pero a las tres y media de la madrugada nos esperaba un taxi para llevarnos al aeropuerto. Nuestro vuelo partía a las seis y media de la mañana y conducir durante aquella sagrada noche era nuevamente un gran favor personal. No sabíamos, sin embargo, que la rigurosidad de las reglas del año nuevo balinés duraban hasta las 6 de la mañana...

Un primer grupo de “policías religiosos” nos impidió seguir nuestro camino por aquellas rutas sumidas en espesa sombra y soledad. El conductor les convenció para que nos dejaran continuar nuestro camino y aceptaron. Más adelante, un nuevo obstáculo. En este caso ninguna persuasión tuvo frutos. No desbloquearían la carretera hasta las seis. Tratamos de buscar una carretera secundaria en su lugar. Un nuevo grupo de Pecalangs nos prohibió el paso y decidimos volver a la carrera principal y esperar allí. Según los datos de nuestro vuelo, el mostrador cerraba a la misma hora que abrirían la barrera de la autopista. Parecía imposible llegar a tiempo. Poco a poco, dejamos de ser el primero de los coches en toparse con aquel obstáculo. Finalmente aceptaron dejarnos pasar a las 5:45. En tan sólo quince minutos recorrimos un camino que, en condiciones normales, se tarda treinta. Para nuestra sorpresa, el aeropuerto había permanecido cerrado hasta ese instante y nuestro vuelo atrasado hora y media. Lo habíamos conseguido. Habíamos superado la prueba del Nyepi.

El Mundo Es Demasiado Grande

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