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miércoles, 18 de junio de 2014

           La cultura de los baños públicos es centenaria y se ha desarrollado de manera muy distinta en cada país y cultura. Así se pueden señalar los baños japoneses, los de agua sulfurosa de Georgia, los baños árabes y por supuesto los hammam de Turquía.

En un viaje a Turquía es imprescindible visitar uno, seguramente lo mejor es dejarlo para el último día cuando después de caminatas y paseos turísticos el cuerpo necesita un buen descanso. Pero, ¿qué debemos esperar de un hammam? ¿Cuál es el ritual y el orden a seguir? ¿Dónde ir? ¿Hasta qué punto es una verdadera manifestación cultural o un mero reclamo turístico y artificial?

En Turquía ya existían termas romanas como en todos los rincones del Imperio Romano mucho antes de que llegaran los otomanos. El acceso a agua caliente no era una realidad común en las viviendas ni siquiera de los más ricos. Es así como acudir a un lugar donde el agua templada y caliente corre en abundancia se convirtió en un reclamo entre aquéllos que buscaban mantener su higiene, conseguir algo de relajación y por supuesto, disfrutar de un escenario alternativo para desarrollar su vida social.

Los otomanos también amaban esta cultura y la adaptaron a sus propias peculiaridades y estilos arquitectónicos. Llega así a Anatolia el baño turco, el hammam, que hoy sigue vivo en Turquía.



¿Cómo es un Hammam?

La disposición arquitectónica de un baño turco suele seguir siempre un mismo esquema: desde el exterior se trata de un edificio sin más peculiaridades que sus tejados abovedados. Al acceder a su interior, nos encontramos con una gran recepción con asientos, puede que también con una pequeña cafetería, una fuente interior y la caja para efectuar el pago. Los vestuarios pueden estar en esa misma planta o por el contrario en pisos superiores haciendo de ese vestíbulo un amplio patio interior. Cada usuario recibe una llave. En su cámara personal encontrar una cama, toallas, una mesita de noche y chanclas. Lo normal es que después de un buen baño, el cliente se relaje mientras se seca o incluso se eche una breve siesta en esos habitáculos o en el espacio abierto de la recepción.


 En el interior del hammam propiamente dicho, se dispone generalmente una sala amplia y central. En el medio se halla una gran piedra de mármol caliente. Una lámpara de araña que cuelga del techo situada justamente en el centro ilumina el lugar. A los lados hay espacios con lavabos y grifería de agua caliente y fría. Por las esquinas de la sala central se puede llegar a otros espacios preparados para recibir un masaje, disfrutar de más privacidad, acoger una sauna o incluso una piscina.


Esta estructura se repite de manera casi idéntica en la zona para mujeres y la de varones. No es en absoluto normal encontrarnos con baños mixtos y cuando lo son es casi seguro que se trata de un establecimiento orientado únicamente al turismo.

¿Qué hacer en un Hammam?

En un hammam se puede disfrutar del tiempo que se desee, pero generalmente es suficiente con pasar entre una y dos horas. Los objetivos han pasado de ser la higiene personal (ya garantizada con el acceso a agua corriente en las casa particulares) a el relax y quizás hacer vida social. En el caso del visitante, disfrutar de una interesante experiencia cultural.


Recuerdo que charlando con un usuario en un Hammam de Trebisonda (Trabzon) me decía que solía ir hasta varias veces en semana durante el invierno (cuando no gozaba de agua demasiado caliente en casa) o mensualmente en verano.

Los precios dependerán de muchísimos factores:

Calidad e instalaciones
Localización: Estambul, Capadocia o en la provincia.
Servicios que se deseen.
Como de turístico sea.

Así, la diferencia entre visitar un hammam en el centro de Estambul para disfrutar de un baño, exfoliación y masaje puede llegar a costar 50 euros o más mientras que el mismo servició en un histórico hammam de la ciudad de Mardin puede que no pase de 10 euros.

Los servicios comunes y básicos son el alquiler del vestuario, toallas, chanclas, acceso al baño, exfoliación y masaje.

El orden del ritual:

El bañista pagará a la entrada el servicio que desee. Le darán una llave con pulsera que podrá amarrar a la muñeca y una pastilla de jabón. Pasará al vestuario, se cambiará y se anudará a la cintura una especie de pareo de tela fina que llevará puesto en todo momento. Esta toalla se llama peştamal (pronunciado “peshtamal”). Se pondrá las chanclas (cuya calidad dependerá del local elegido) y estará listo para iniciar su baño.

Si el hammam cuenta con sauna, ésta debería ser la primera parada. Si no, al entrar se pasará a alguno de los extremos de la sala central para enjuagarse con agua caliente, fría o templada usando un cacito de metal generalmente labrado siguiendo la estética otomana. Acto seguido se tumbará boca arriba en la piedra caliente del centro y se relajará hasta que llegue su turno para el masaje. El ambiente es propicio para alcanzar la máxima tranquilidad: un silencio tan sólo quebrado por el sonido del agua, las gotas al caer o las esporádicas conversaciones en turco de otros clientes.


Cuando toque nuestro turco, uno de los masajistas se acercará a nosotros y nos pedirá que le sigamos. Nos llevará a algunos de los lados de la sala para sentarnos junto al lavabo. Allí nos arrojará agua y con una áspera manopla nos dará un masaje exfoliante.

A continuación nos dará el baño propiamente dicho sobre la piedra caliente valiéndose de los cacitos de metal y una gran bolsa de tela llena de espuma. Con un soplido hinchan dicha bolsa para luego explotarla sobre la espalda y proceder al masaje. En ocasiones se puede pasar de fuertes, pero suelen ser buenos profesionales. Esta sesión acabará por enjabonarnos el pelo y aclarándonos con agua templada.  



A partir de ahí el bañista es libre para quedarse descansando dentro, volver a enjuagarse o salir y relajarse en el vestuario. Otra opción es contratar un servicio extra: masaje con aceite, aunque éste no siempre se ofrece en todos los baños turcos. Otros en cambio ofrecen además una piscina interior que le da el toque final a la experiencia.


A la salida, un trabajador del establecimiento nos envolverá en toallas con el nudo típico que curiosamente se repite en casi todo hammam y nos indicará el camino hacia el vestuario o a la zona abierta de descanso. Esa zona, que puede coincidir con la recepción en el patio interior antes descrito dispone de zonas acolchadas y cojines donde el bañista se puede secar y relajarse mientras bebe un té o un zumo de naranja y granada.

El Hammam, ¿algo realmente turco o puramente turístico?

El viajero que llega a Turquía suele visitar únicamente la capital, Estambul, y la espléndida Capadocia. No obstante, Turquía ofrece muchísimo más. Estas dos zonas del país se han lanzado al turismo, y el extranjero ha ocupado espacios que antes quedaban reservados para los verdaderos oriundos del lugar. El agua corriente y caliente en las casas, la vida ajetreada, la invasión de los turistas y la consecuente elevación de los precios ha hecho que el hammam en Estambul se convierta en una atracción para el viajero casi nunca frecuentado por locales. No obstante, es cierto también que allí podemos encontrar los baños más bonitos del país, eso sí, pagando el triple.

Mi sorpresa vino cuando empecé a adentrarme al interior del país y ver que el hammam era un ritual casi semanal de los locales. Allí no se habla en inglés, no muchos turistas los visitan, los precios son realmente asequibles y la atmósfera sigue manteniendo la sensación de que lo que allí ocurre no es una escenografía propia de un parque de atracciones de turistas sino que es la continuación de una cultura centenaria de la que los turcos son aún parte.


Mi recomendación es ir y disfrutar de un baño turco, si puede ser, fuera de la capital.


¡Qué disfrutéis de vuestro baño!


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La llamada Revolución Turca





jueves, 13 de febrero de 2014

         Poco se habla de esta antigua república soviética en el Cáucaso, pero en realidad se trata de un precioso y apasionante país que vale muchísimo la pena visitar. En la entrada de hoy, le echamos un vistazo a su capital, Tiflis, o como los locales la llaman: Tbilisi.



1 – Historia

La primera razón para visitar Georgia es su historia. Muchos opinan que fue en esta tierra donde el hombre remató su propia evolución. Numerosos historiadores adjudican a los georgianos de la antigüedad el privilegio de ser uno de los grandes motores culturales de la antigüedad extendiéndose por el Caucaso, la Anatolia, descendiendo por Mesopotamia y hasta el Egipto septentrional. Otros establecen vínculos entre los georgianos y los primeros habitantes de la Península Ibérica, sobre todo, la zona de Euskadi. No en vano el antiguo reino de Georgia era en su origen conocido como Iberia. Hay quienes ven este nombre, no una simple coincidencia, sino una reminiscencia de aquella antigua conexión. Otra prueba de esa ancestral conexión es asombroso parecido entre algunas palabras georgianas y vascas.

Al final, como sucedió con muchas otras naciones, su influencia y tamaño fueron menguando, dividiéndose en pequeños reinos que podemos agrupar en Georgia Occidental y Oriental, en continua disputa entre persas y otomanos hasta que el Imperio Ruso y más tarde la URSS la hizo suya desde 1800 hasta 1991.




Mientras muchos piensan que el nombre de Georgia viene de “San Jorge”, lo cierto es que tiene origen griego y significa “lugar de la agricultura”. Y es que se cree que fue en el Cáucaso donde el ser humano desarrolló y perfeccionó sus aptitudes agrícolas… Esto nos lleva a la segunda razón…



2 - El Vino:

Georgia es reconocida como la cuna del vino. Una tradición milenaria en su contexto agricultor, desarrollando y perfeccionando las técnicas de cultivo. El vino es una parte integrante de la cultura georgiana que poco a poco fue conquistando las mesas de los griegos y romanos hasta llegar a nuestros días.



3- Paisajes:

Tiflis es una ciudad de más de un millón de habitantes que regala un paisaje donde la montaña, el río y la zona urbana se funden. El cauce del Kurá divide a la capital en dos márgenes, izquierdo y derecho, éste último acogiendo el centro de la ciudad y su casco antiguo.


Flanqueada por montañas y colinas, un funicular y un telecabina permiten llegar a la cima y disfrutar de las magníficas vistas. De un lado, el viejo monasterio ortodoxo. Más arriba, en la cima, restaurantes y un privilegiado mirador. El telecabina nos transporta hasta el castillo que corona el monte y hasta aquella gran escultura, alegoría de la ciudad, que representa a una mujer que ofrece vino al visitante amistoso con una mano y muestra su espada con la otra para el invasor.

Vieja imagen de la ciudad en la que se puede apreciar el funicular, el monasterio y el mirador en la cima de la colina

4 – Arquitectura:

En Tiflis podemos toparnos con la arquitectura civil, la religiosa con solera además de la más vanguardista.

Desde que San Nino de Capadocia (actual Turquía) convirtiera al cristianismo en el 330 a Mirian, rey persa que gobernaba sobre Georgia, este país ha sido un fortísimo defensor del cristianismo ortodoxo. En la antigua catedral se puede ver la cruz original de San Nino y fuera de la ciudad antigua se puede visitar la segunda catedral ortodoxa más grande del mundo.



La noche da un protagonismo especial al castillo que domina la montaña.



La vanguardia llegó a Tiflis en forma de puente y sala de conciertos:




5 – Museos

Tiflis está bien nutrida de museos que custodian los tesoros, la historia y el arte pictórico de la nación:

Museo Nacional: una guía de excepción, la Sra. Lamara que habla perfectamente inglés y francés compartirá su extensísimo conocimiento sobre la historia de su patria a través de elementos de 10 mil años de antigüedad (una piedra tallada), pasando por la edad de bronce hasta llegar al exquisito y refinado tratamiento del oro, joyas y tesoros de la cultura georgiana.



El animal nacional de Georgia es el ciervo que ya en la antigüedad gozaba de un halo de divinidad

Museo de Bellas Artes: custodia los grandes tesoros de Georgia. Con piezas de épocas posteriores a las que encontraremos en el Museo Nacional, estas obras del arte sacro ortodoxo demuestran el poderío artístico de esta pequeña nación.



Museo de Arte: En el campo pictórico, Georgia roza el cénit del posimpresionismo de la mano de 3 grandes artistas del siglo XIX y principios del XX:

Firosmani:



Gudiashvili:



Gabashvili:




6 – Comida

La gastronomía Georgiana es excelente, deliciosa. Los vinos antes mencionados acompañan a platos típicos como:

khinkali



khachapuri



acharuli



7 – Baños de agua sulfurosa:

La última noche en Tiflis exige descanso y relajación en sus baños de aguas sulfurosas. No en vano, el rey que fundó la villa, Vakhtang I Gorgasali, lo hizo tras ver cómo su halcón de caza caía directo sobre ciénagas de aguas sulfurosas y calientes. Es por esto que Tbilisi significa originalmente, “aguas calientes”.

Siempre se escucha citar los baños turcos, los árabes y las saunas finlandesas… no obstante, también existe un lugar adicional a estos refugios de relajación: los baños de aguas sulfurosas georgianos.


Existen varios baños tradicionales y muchos se disputan haber acogido en sus visitas a la región al célebre poeta ruso, Alexander Pushkin. Si bien algunos ofrecen extraordinarias fachadas como la de la foto, podemos recomendar los Royal Baths. Aquí se alquilan salas de baño privadas por 40 laris más masaje y enjabonado por 20 laris más por persona. Un vestuario y finalmente una sala con una pequeña piscina, o gran bañera, según se vea. El agua sulfurosa está caliente y resulta sorprendentemente relajante. A la media hora el masajista exfoliará la piel del usuario, lo enjabonará y dará un masaje. Tras una ducha se puede uno volver a sumergir en las aguas sulfurosas. Una experiencia imprescindible.



8- Cultura:

Una de las experiencias más apasionantes de un viaje a Georgia es el choque cultural, o mejor dicho, el descubrimiento de su extensísima idiosincrasia.

Cabe destacar su idioma que no pertenece a ninguna otra familia lingüística, ni a la indoeuropea, ni a las del Altái.

Además cuentan con un alfabeto propio sólo utilizado en georgiano.



Si bien es un país de escasas dimensiones cada región ha desarrollado su propia vestimenta tradicional. Este es un ejemplo del sombrero típico georgiano.



Finalmente cabría mencionar sus llamativas danzas folclóricas:



9- Alrededores:

Tiflis es el más cómodo punto de acceso al país. Desde allí se pueden explorar ciudades costeras como Batumi, los espectaculares pico y valles del Cáucaso o pequeñas aldeas cerca de la capital como Gori, pueblo natal de Stalin… que sí, era georgiano.



Es también el puerto de entrada más recomendable para iniciar un viaje por todo el Cáucaso: Armenia y Azerbaiyán.

10- Es baratísimo

La divisa nacional, el Lari Georgiano, está a 2,34 en relación al euro. Trasladarse por la ciudad de Tiflis, comer y visitar los museos resulta increíblemente económico.



Un trayecto en taxi por el centro no debería superar los 5 Lari.
Entrada en los museos: 6 Lari.
Comer en un restaurante tradicional: 10 Lari.

Volar allí también puede ser muy barato desde Estambul, por ejemplo. Allí opera la aerolínea Pegasus que por entre 70 a 90 euros nos llevará al corazón del Cáucaso.

Los ciudadanos de países miembros de la Unión Europea no precisan visado.

¡Así que no lo dudéis y preparad vuestro viaje a Georgia!


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domingo, 12 de enero de 2014

       Ya he escrito en algún post anterior que uno de los elementos distintivos de unas y otras tribus africanas son sus características culturales. Al hablar de cultura nos referimos a una inmensidad de expresiones y particularidades sociales que pueden ir desde la espiritualidad hasta el acento. Una de ellas son sus leyendas.

Una muy buena amiga keniana me enseñó algunas de estas historias. Ella pertenecía a dos tribus: los “lúo” por parte de su madre y los “kamba” por su lado paterno. Los “lúo” pertenecen a la familia de pueblos nilóticos mientras que los “kamba” son bantúes. El enfrentamiento tribal ya estaba servido. Sin embargo, esta historia de amor demostró ser más fuerte que las desaprobaciones familiares. Fue más poderosa que los mismos prejuicios que un europeo podría tener desgraciadamente hoy en día si uno de sus vástagos se empareja con un gitano, un judío o un negro. Parece todavía más sorprendente cuando estas pugnas se manifiestan en personas del mismo país, raza y religión… Pero es así.



De esta osadía nació mi amiga que, no sólo podía hablar las lenguas oficiales del país: inglés y suajili, sino que también chapurreaba algo de los idiomas lúo y kamba. Este bagaje cultural mixto le hizo conocer leyendas preciosas de sirenas y genios de la cultura suajili que salían desnudas del mar en plena noche y enamoraban a lugareños de los pueblos costeros que al día siguiente despertaban solos en sitios insospechados, sin saber cómo llegaron allí.

Pero entre mis historias favoritas están precisamente una de tradición lúo y otra kamba:

El héroe guerrero de los lúo se llama Luanda Magere. Vivía con su pueblo en la zona oriental del lago Victoria. Se trataba de un luchador grande y fuerte. Conocido por su invencibilidad. No había arma que le hiriese y en cualquier batalla salía ganador, especialmente contra sus enemigos históricos; el pueblo nandi.



Los nandi decidieron entregarle la joven más hermosa de su tribu para así descubrir su punto débil y poder derrotarlo por fin. Luanda Magere la tomó como esposa entendiendo que se trataba de un acuerdo de paz. El cuerpo de Luanda Magere era en efecto invencible, pero no así su sombra. La equivocación del gran guerrero lúo fue revelar su más valioso secreto a su mujer que pronto escapó para contárselo a su clan. Pronto los nandi iniciaron una ofensiva. La batalla había comenzado y los agresores volvían a perder como siempre… hasta que uno de sus soldados decidió seguir las exóticas instrucciones de la joven traidora y arrojó su lanza contra la sombra de Luanda Magere. El gran guerrero lúo murió inevitablemente y su cuerpo se convirtió en una roca que hoy es todavía destino de visitantes y ritos tribales.



Es llamativo ver cómo este esquema legendario se repite injustamente una y otra vez: la mujer seductora y traidora. Recuerda a Dalila infame que despojó de su fuerza a Sansón al cortarle su cabello. O a Adán y Eva con la manzana del Árbol de la Ciencia. No se nos escapa tampoco el mito del talón de Aquiles y la guerra desencadenada por Penélope.

Otra bonita leyenda procede, según me contó, de la tradición kamba. Según ella, un cazador se adentró en el bosque en busca de un elefante que cazar. Iba solo y después de varias horas de camino halló tras un árbol una espléndida piel de elefante. Pensó que sería suficiente trofeo por su día de cacería y que no requería buscar una pieza que matar. En su camino de vuelta se topó con una preciosa mujer que caminaba por el bosque totalmente desnuda. Atónito se acercó a ella y le ofreció refugio. Así la llevó consigo a casa. Se enamoraron y crearon una familia. Tuvieron varios hijos y todos ellos eran enormes y fuertes. Cerca de su cabaña había una especie de cobertizo en el que aquel cazador guardaba todo tipo de artilugios. También guardó allí la piel de elefante que había encontrado el día que conoció a su esposa. Un día pidió a su mujer que se acercara a aquella cabaña para que le trajera algo. La mujer, que jamás había entrado allí se encontró aquella preciosa piel de elefante…



El marido, harto de esperar salió de su morada y vio perplejo como un gran elefante se alejaba del poblado… su mujer volvía a casa.


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África… Esa Gran Desconocida: Una Introducción a los Pueblos de África

miércoles, 18 de diciembre de 2013

      Al viajar no sólo aprendemos historia, geografía y arte, no solamente nos topamos con distintas culturas… también nos hallamos rodeados de una manera de vivir la religión, de dar respuestas a las grandes preguntas de la vida y del universo, de percibir aquello transcendental a lo que mucho llaman Dios.

A lo largo de la historia, toda comunidad ha desarrollado su propia comunicación con Dios. Unos profetas o individuos especialmente espirituales traducían ese dialogo a la comunidad y los sucesivos creyentes la heredaban. El mundo es rico en diversidad y no es extraño pensar que cada sociedad haya interpretado o comprendido de manera diferente a  Dios. La palabra “amor” se expresa con vocablos distintos en cada idioma, pero todos se refieren a la misma realidad.



La sociedad actual podría ser dividida en dos grandes grupos de personas: el hombre ateo, por un lado, y el creyente y agnóstico, por otro. La lectura de la historia tiene así dos perspectivas.

El ateo ha sido capaz de encontrar en la psicología y en la mente humana los mecanismos más insólitos capaces de hasta “crear” a un dios. Está convencido de que dichos engranajes se pusieron a rodar por la mera necesidad del hombre de no sentirse solo buscando así un consuelo y un sentido a la vida misma. No obstante, el hombre, con esos mismos mecanismos no ha conseguido encontrar otros parches para solventar el resto de desdichas que la propia vida conlleva de manera natural.

El creyente, por otro lado, que tiene fe y que siente a Dios, reconoce en el resto de la humanidad a lo largo de la historia, no un mecanismo artificial para ser feliz, sino la constatación real de algo que se percibe, algo real, algo razonable. Un huérfano puede desear tener un padre pero su imaginación no le permitirá crearlo. De modo contrario, el hijo reconoce a sus progenitores por su presencia y su relación con ellos. Aquéllos que estén dispuestos y consigan comunicarse con Dios opinan que su relación con Él es innegable, es obvia, es la constatación de un hecho.

La siguiente cuestión es cuál es la religión verdadera. Es la gran pregunta. Muchos aceptan sin dudar la existencia de Dios, pero las religiones que hablan de Él o de Ellos parecen contradecirse. Entonces, ¿cuál es la verdadera? Esta pregunta, se podrá responder de tres maneras:

Una en cierto modo intransigente: sólo hay una; la mía.

La segunda formulación tendría que partir en su inicio desde el relativismo absoluto para ir encerrándose sobre sí misma hasta llegar a la conclusión de que la suya es acertada.

Finalmente, aquél que no sea capaz de reconocer la suya como acertada será en realidad agnóstico; es decir, reconoce o no niega el hecho religioso, pero no ha formalizado firmemente su relación y la del mundo con Dios ya que sus dudas son tan grandes como sus certezas.

Ya que la primera y tercera formulación no dan pie a un ulterior análisis (sino que concluyen con la simple respuesta “la mía” o “lo ignoro”), podemos seguir adelante desde la segunda postura relativista. Esta postura pretende conciliar la posibilidad de que todas las religiones establecen una legítima (y hasta cierto punto acertada) conexión con la deidad. En la actualidad parece ser una postura respetuosa, políticamente correcta y que permite el diálogo interreligioso sin que por ello se niegue la religión propia como adecuada. Así diríamos que reconocemos la existencia de lo transcendental, algo metafísico que va más allá de lo puramente material y que por tanto no se rige forzosamente por las mismas reglas del mundo físico. Dios existe y todas las comunidades en cada momento de la historia han entrado en contacto con él. La percepción es singular para cada caso. Este postulado se sustenta por el propio origen del mundo, la fe y la posibilidad de sentir la presencia divina a través de la oración.

En mis viajes por países musulmanes, judíos, cristianos, budistas o hindúes he podido ver a los adeptos de cada religión rezar a su dios o dioses. La sensación de que aquéllos en sus templos parecían percibir algo parecido a lo que un cristiano siente al rezar en una iglesia resultaba, a primera vista, evidente. Es la atmósfera especial que se respira en una iglesia, mezquita, sinagoga o pagoda que no se encuentra en una librería, un cine o un restaurante. Es la sensación de que la solemnidad de esos lugares acogen al hecho religioso.



Las religiones son entonces la construcción de ese diálogo entre una sociedad concreta revestida de una cultura e idiosincrasia propias con Dios. Así, desde el punto más relativista de esta formulación podríamos concluir que todas las religiones son medios de comunicación que conectan al individuo con lo trascendental. Si el fin de la comunicación es establecer este contacto, podríamos decir que siempre y cuando alguien sea capaz de acercarse a lo Trascendental a través de una u otra religión, esa religión será válida ya que ha alcanzado su fin.

Por tanto, toda religión que despierte el lado espiritual capaz de iniciar un diálogo entre el hombre y el ser superior es válido. Pero ¿es buena o verdadera? ¿es la que realmente define a Dios y se acerca a la verdad tal y cómo es? ¿Expone y describe el tipo de vida que Dios espera de nosotros? Poco a poco, iremos desprendiéndonos de ese relativismo inicial.

Para hacer frente a esta cuestión hemos de ir considerando ciertos puntos:

Los principios de la mayoría de religiones son bastante parecidos; dentro de cada religión hay pilares doctrinales básicos rodeados de elementos secundarios cuyo desvanecimiento no siempre afectan al corazón de la religión o de la fe, y finalmente, el aporte cultural de la religión define a la sociedad hasta el punto que la sociedad, por su propia cultura y a priori, sólo se podrá comunicar con Dios a través de esa religión y no otra.

Los principios básicos de casi todas las religiones establecen unos ejes que proclaman la paz social, la bondad por encima del mal y el amor a Dios a través de la oración, el buen comportamiento y el trato con aquéllos que nos rodean.

Entre el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam, los puntos comunes son mayoritarios y obvios al proceder todos de un tronco común del que se han ido derivando elementos distintivos hasta el punto de convertirlas en religiones independientes.

La Santísima Trinidad católica puede hallar paralelismos con la Trimurti hinduista. El hinduismo es una de las religiones vivas más antiguas del mundo. Se basa en un politeísmo nutrido de una multitud de deidades que en un momento u otro de la historia han entrado en contacto con el hombre. Los tres más importante son Brahma, Visnú y Shiva (conformando la ya mencionada Trimurti). Según sus adeptos, Brahma creó el mundo y todo lo que en él hay. Su paralelismo cristiano podría ser Dios Padre y Creador. Visnú, por otro lado, ha bajado a la Tierra en forma humana y de otras criaturas en multitud de ocasiones para salvar a la humanidad de su propio destino. Cada encarnación se denomina avatar y ve su reflejo en la propia encarnación de Jesucristo, que se hizo hombre para salvarnos. Para acabar, difícilmente encontraremos una relación clara entre Shiva y el Espíritu Santo. Mientras el Espíritu Santo es el propio aliento de Dios, señor dador de vida, expresión de amor entre el Padre, el Hijo y la humanidad, Shiva es la deidad destructora que da equilibrio a la actividad creadora de Brahma y protectora de Visnú.

 


Sin embargo, el hinduismo se va trasladando hacia un monismo teológico, es decir, la creencia en una sustancia divina que todo lo baña, Dios, y que se nos revela a través de los diversos dioses.

Quien viaje a Borobudur (en Indonesia), verá en uno de los templos budistas más colosales la representación del nacimiento y vida de Siddhartha Guatama, fundador del budismo. En esta antigua religión cuyo origen data del siglo V a. C. relata como la reina Maya tuvo un sueño con un elefante blanco al que la tradición llama “Animal Santo” (parecido a Espíritu Santo) que se encarnó en ella concibiendo así al joven Siddhartha, el futuro Buda, “el Iluminado”.



En el Corán, el nombre de Jesús aparece repetido más veces que el propio nombre de Mahoma. Se le reconoce como el penúltimo gran profeta, libre de pecado y nacido de una virgen, María. La única mujer con el honor de poner título a una sura coránica (capítulo en el Corán) es el de María, la Virgen según los cristianos. Aquel que crea en Alá habrá de creer y respetar a Jesús y sus enseñanzas, si bien no lo considerará Hijo de Dios o Dios en sí mismo. Consideran que la Trinidad cristiana es una confusión teológica entre 3 personas distintas: Dios, Jesús como profeta (no como dios) y el Arcángel Gabriel (y no como Espíritu Santo).

Representación coránica persa de Jesús y la Virgen María


Un misionero católico me explicaba las dificultades que habían tenido para evangelizar a muchas tribus Masai del norte de Tanzania y sur de Kenia, ya que la creencia autóctona de algunas de estas comunidades cristianas reconoce a un solo Dios que se hizo hombre y vino al mundo para nuestra salvación. Por qué cambiar una religión ancestral por otra extranjera cuando proclaman algo tan parecido, respondía ellos a los misioneros.



La palabra Alá, como Yaveh, no son nombres distintos para Dios, sino que es la traducción al árabe o al hebreo de una realidad atemporal y universal, “Dios”. De este modo los cristianos arabo parlantes del Líbano llaman al Dios cristiano “Alá”, lo mismo hacen los cristianos de Indonesia y Malasia. Alá no es el nombre de Dios, es el vocablo que designa a Dios.






En el Sintoísmo japonés, sus seguidores han percibido la presencia divina en la naturaleza y en el respeto y devoción a sus antepasados. ¿Cuántos en Occidente se han acercado a Dios a través de los que han perdido, de sus difuntos? Por medio de la profunda convicción de que esos que ya no viven no han dejado de existir, siguen ahí.

Las reflexiones y comparaciones pueden prolongarse hasta hacernos caer en la cuenta de que son muchos los vínculos y puntos en común entre las creencias que comunidades separadas entre sí por kilómetros y siglos han establecido o percibido.

Ha estos pilares se les añaden dogmas más o menos importantes. En ocasiones parecen mitológicos, superfluos, que aportan poco a la esencia de la fe. En otras ocasiones son verdades incuestionadas en el pasado que con el tiempo se han visto matizadas o corregidas. Esta misma corrección pone de relieve su posición secundaria, ayudándonos a vislumbrar la pureza de la religión… esa misma pureza que se asemeja, nuevamente, a la esencia de otras religiones.

Querríamos, sin ninguna legitimidad, decir que no puede existir una religión buena, correcta o válida que no busque la paz social y el bien por encima del mal. Sería difícil admitir como religión legítima para comunicarse con Dios alguna de carácter pseudo-satánica, por ejemplo. Y es que el creyente de las grandes religiones suele encontrar en el Ser Trascendental una fuente de felicidad y de paz que llena su espíritu y cuya manifestación mundana más parecida se encuentra en el amor entre familiares, parejas y amigos, que en tanto que amor, es fuente de bondad, fuente del bien. El relativismo inicial empezaría a quedar acotado entonces por el fin social y bondadoso que toda gran religión proclama.



Por último, hay que aclarar la interrelación entre la cultura y la religión para entender por qué alguien reconocerá una religión cómo validad para sí y no otra. Una comunidad cristiana se sentirá cómoda con el cristianismo para acercarse a Dios en tanto y cuando su cultura encaja bien con el cristianismo. Pero no es menos cierto que su cultura encaja con el cristianismo precisamente porque el cristianismo ha perfilado a esa misma cultura con sus elementos básicos. Así, el creyente en Cristo admitirá que la iglesia cristiana le permite conectar con Dios en tanto y cuando sus principios, su lenguaje y mentalidad; es decir, su cultura, se acomoda y adecúa bien al cristianismo, sin quizás darse cuenta de que en parte, su cultura es la que es gracias al cristianismo. Esto se podría recrear nuevamente con el resto de religiones.

No obstante, en algunos casos, personas pertenecientes a una comunidad con un credo mayoritario reconocen por una u otra razón que la religión con la que nacieron y se criaron no establece los vínculos adecuados para conectar con Dios y así, después de una búsqueda espiritual, encuentran otra que les permite iniciar el anhelado diálogo con lo divino.

Llegado a este punto concluimos que desde el punto de vista de un creyente, Dios existe, que todas las culturas lo han percibido de una manera u otra estableciendo un compendio de principios y ritos litúrgicos que ayudan al individuo a conectarse con Él, que estas religiones nacen en un contexto cultural que puede determinar sus propias características y que a la vez pueden determinar las características de otras culturas (nuevas, derivadas o a las que la religión de un lugar original se extiende). La conclusión del creyente termina estableciendo que cree en Dios, que lo percibe y siente, que su religión le sirve para contactarle, que los dogmas y mandamientos son propios de su cultura y que con ellos se puede alcanzar la felicidad y la paz social. La fe, añadida a todo esto, termina reforzando la idea de que es su religión y no las otras, la verdadera, si bien puede respetar al resto aunque los considere equivocados en mayor o menor medida.


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La Vida en un Monasterio Budista



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