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viernes, 24 de enero de 2014

Recientemente he comenzado mi colaboración con una web muy interesante: www.queaprendemoshoy.com/

Se trata de una página en la que estudiantes y profesionales de diferentes sectores escriben de manera voluntaria artículos de opinión con vocación didáctica.

Hace un año uno de los miembros del equipo se puso en contacto conmigo para ofrecerme colaborar. Sin embargo, no ha sido hasta ahora que he podido involucrarme como se merecían.

En este artículo hago una reflexión sobre el legado del Tribunal Penal Internacional para Ruanda. ¡Espero que os guste!


El Legado del Tribunal Penal Internacional para Ruanda



http://queaprendemoshoy.com/el-legado-del-tribunal-penal-internacional-para-ruanda/

domingo, 12 de enero de 2014

       Ya he escrito en algún post anterior que uno de los elementos distintivos de unas y otras tribus africanas son sus características culturales. Al hablar de cultura nos referimos a una inmensidad de expresiones y particularidades sociales que pueden ir desde la espiritualidad hasta el acento. Una de ellas son sus leyendas.

Una muy buena amiga keniana me enseñó algunas de estas historias. Ella pertenecía a dos tribus: los “lúo” por parte de su madre y los “kamba” por su lado paterno. Los “lúo” pertenecen a la familia de pueblos nilóticos mientras que los “kamba” son bantúes. El enfrentamiento tribal ya estaba servido. Sin embargo, esta historia de amor demostró ser más fuerte que las desaprobaciones familiares. Fue más poderosa que los mismos prejuicios que un europeo podría tener desgraciadamente hoy en día si uno de sus vástagos se empareja con un gitano, un judío o un negro. Parece todavía más sorprendente cuando estas pugnas se manifiestan en personas del mismo país, raza y religión… Pero es así.



De esta osadía nació mi amiga que, no sólo podía hablar las lenguas oficiales del país: inglés y suajili, sino que también chapurreaba algo de los idiomas lúo y kamba. Este bagaje cultural mixto le hizo conocer leyendas preciosas de sirenas y genios de la cultura suajili que salían desnudas del mar en plena noche y enamoraban a lugareños de los pueblos costeros que al día siguiente despertaban solos en sitios insospechados, sin saber cómo llegaron allí.

Pero entre mis historias favoritas están precisamente una de tradición lúo y otra kamba:

El héroe guerrero de los lúo se llama Luanda Magere. Vivía con su pueblo en la zona oriental del lago Victoria. Se trataba de un luchador grande y fuerte. Conocido por su invencibilidad. No había arma que le hiriese y en cualquier batalla salía ganador, especialmente contra sus enemigos históricos; el pueblo nandi.



Los nandi decidieron entregarle la joven más hermosa de su tribu para así descubrir su punto débil y poder derrotarlo por fin. Luanda Magere la tomó como esposa entendiendo que se trataba de un acuerdo de paz. El cuerpo de Luanda Magere era en efecto invencible, pero no así su sombra. La equivocación del gran guerrero lúo fue revelar su más valioso secreto a su mujer que pronto escapó para contárselo a su clan. Pronto los nandi iniciaron una ofensiva. La batalla había comenzado y los agresores volvían a perder como siempre… hasta que uno de sus soldados decidió seguir las exóticas instrucciones de la joven traidora y arrojó su lanza contra la sombra de Luanda Magere. El gran guerrero lúo murió inevitablemente y su cuerpo se convirtió en una roca que hoy es todavía destino de visitantes y ritos tribales.



Es llamativo ver cómo este esquema legendario se repite injustamente una y otra vez: la mujer seductora y traidora. Recuerda a Dalila infame que despojó de su fuerza a Sansón al cortarle su cabello. O a Adán y Eva con la manzana del Árbol de la Ciencia. No se nos escapa tampoco el mito del talón de Aquiles y la guerra desencadenada por Penélope.

Otra bonita leyenda procede, según me contó, de la tradición kamba. Según ella, un cazador se adentró en el bosque en busca de un elefante que cazar. Iba solo y después de varias horas de camino halló tras un árbol una espléndida piel de elefante. Pensó que sería suficiente trofeo por su día de cacería y que no requería buscar una pieza que matar. En su camino de vuelta se topó con una preciosa mujer que caminaba por el bosque totalmente desnuda. Atónito se acercó a ella y le ofreció refugio. Así la llevó consigo a casa. Se enamoraron y crearon una familia. Tuvieron varios hijos y todos ellos eran enormes y fuertes. Cerca de su cabaña había una especie de cobertizo en el que aquel cazador guardaba todo tipo de artilugios. También guardó allí la piel de elefante que había encontrado el día que conoció a su esposa. Un día pidió a su mujer que se acercara a aquella cabaña para que le trajera algo. La mujer, que jamás había entrado allí se encontró aquella preciosa piel de elefante…



El marido, harto de esperar salió de su morada y vio perplejo como un gran elefante se alejaba del poblado… su mujer volvía a casa.


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África… Esa Gran Desconocida: Una Introducción a los Pueblos de África

miércoles, 18 de diciembre de 2013

      Al viajar no sólo aprendemos historia, geografía y arte, no solamente nos topamos con distintas culturas… también nos hallamos rodeados de una manera de vivir la religión, de dar respuestas a las grandes preguntas de la vida y del universo, de percibir aquello transcendental a lo que mucho llaman Dios.

A lo largo de la historia, toda comunidad ha desarrollado su propia comunicación con Dios. Unos profetas o individuos especialmente espirituales traducían ese dialogo a la comunidad y los sucesivos creyentes la heredaban. El mundo es rico en diversidad y no es extraño pensar que cada sociedad haya interpretado o comprendido de manera diferente a  Dios. La palabra “amor” se expresa con vocablos distintos en cada idioma, pero todos se refieren a la misma realidad.



La sociedad actual podría ser dividida en dos grandes grupos de personas: el hombre ateo, por un lado, y el creyente y agnóstico, por otro. La lectura de la historia tiene así dos perspectivas.

El ateo ha sido capaz de encontrar en la psicología y en la mente humana los mecanismos más insólitos capaces de hasta “crear” a un dios. Está convencido de que dichos engranajes se pusieron a rodar por la mera necesidad del hombre de no sentirse solo buscando así un consuelo y un sentido a la vida misma. No obstante, el hombre, con esos mismos mecanismos no ha conseguido encontrar otros parches para solventar el resto de desdichas que la propia vida conlleva de manera natural.

El creyente, por otro lado, que tiene fe y que siente a Dios, reconoce en el resto de la humanidad a lo largo de la historia, no un mecanismo artificial para ser feliz, sino la constatación real de algo que se percibe, algo real, algo razonable. Un huérfano puede desear tener un padre pero su imaginación no le permitirá crearlo. De modo contrario, el hijo reconoce a sus progenitores por su presencia y su relación con ellos. Aquéllos que estén dispuestos y consigan comunicarse con Dios opinan que su relación con Él es innegable, es obvia, es la constatación de un hecho.

La siguiente cuestión es cuál es la religión verdadera. Es la gran pregunta. Muchos aceptan sin dudar la existencia de Dios, pero las religiones que hablan de Él o de Ellos parecen contradecirse. Entonces, ¿cuál es la verdadera? Esta pregunta, se podrá responder de tres maneras:

Una en cierto modo intransigente: sólo hay una; la mía.

La segunda formulación tendría que partir en su inicio desde el relativismo absoluto para ir encerrándose sobre sí misma hasta llegar a la conclusión de que la suya es acertada.

Finalmente, aquél que no sea capaz de reconocer la suya como acertada será en realidad agnóstico; es decir, reconoce o no niega el hecho religioso, pero no ha formalizado firmemente su relación y la del mundo con Dios ya que sus dudas son tan grandes como sus certezas.

Ya que la primera y tercera formulación no dan pie a un ulterior análisis (sino que concluyen con la simple respuesta “la mía” o “lo ignoro”), podemos seguir adelante desde la segunda postura relativista. Esta postura pretende conciliar la posibilidad de que todas las religiones establecen una legítima (y hasta cierto punto acertada) conexión con la deidad. En la actualidad parece ser una postura respetuosa, políticamente correcta y que permite el diálogo interreligioso sin que por ello se niegue la religión propia como adecuada. Así diríamos que reconocemos la existencia de lo transcendental, algo metafísico que va más allá de lo puramente material y que por tanto no se rige forzosamente por las mismas reglas del mundo físico. Dios existe y todas las comunidades en cada momento de la historia han entrado en contacto con él. La percepción es singular para cada caso. Este postulado se sustenta por el propio origen del mundo, la fe y la posibilidad de sentir la presencia divina a través de la oración.

En mis viajes por países musulmanes, judíos, cristianos, budistas o hindúes he podido ver a los adeptos de cada religión rezar a su dios o dioses. La sensación de que aquéllos en sus templos parecían percibir algo parecido a lo que un cristiano siente al rezar en una iglesia resultaba, a primera vista, evidente. Es la atmósfera especial que se respira en una iglesia, mezquita, sinagoga o pagoda que no se encuentra en una librería, un cine o un restaurante. Es la sensación de que la solemnidad de esos lugares acogen al hecho religioso.



Las religiones son entonces la construcción de ese diálogo entre una sociedad concreta revestida de una cultura e idiosincrasia propias con Dios. Así, desde el punto más relativista de esta formulación podríamos concluir que todas las religiones son medios de comunicación que conectan al individuo con lo trascendental. Si el fin de la comunicación es establecer este contacto, podríamos decir que siempre y cuando alguien sea capaz de acercarse a lo Trascendental a través de una u otra religión, esa religión será válida ya que ha alcanzado su fin.

Por tanto, toda religión que despierte el lado espiritual capaz de iniciar un diálogo entre el hombre y el ser superior es válido. Pero ¿es buena o verdadera? ¿es la que realmente define a Dios y se acerca a la verdad tal y cómo es? ¿Expone y describe el tipo de vida que Dios espera de nosotros? Poco a poco, iremos desprendiéndonos de ese relativismo inicial.

Para hacer frente a esta cuestión hemos de ir considerando ciertos puntos:

Los principios de la mayoría de religiones son bastante parecidos; dentro de cada religión hay pilares doctrinales básicos rodeados de elementos secundarios cuyo desvanecimiento no siempre afectan al corazón de la religión o de la fe, y finalmente, el aporte cultural de la religión define a la sociedad hasta el punto que la sociedad, por su propia cultura y a priori, sólo se podrá comunicar con Dios a través de esa religión y no otra.

Los principios básicos de casi todas las religiones establecen unos ejes que proclaman la paz social, la bondad por encima del mal y el amor a Dios a través de la oración, el buen comportamiento y el trato con aquéllos que nos rodean.

Entre el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam, los puntos comunes son mayoritarios y obvios al proceder todos de un tronco común del que se han ido derivando elementos distintivos hasta el punto de convertirlas en religiones independientes.

La Santísima Trinidad católica puede hallar paralelismos con la Trimurti hinduista. El hinduismo es una de las religiones vivas más antiguas del mundo. Se basa en un politeísmo nutrido de una multitud de deidades que en un momento u otro de la historia han entrado en contacto con el hombre. Los tres más importante son Brahma, Visnú y Shiva (conformando la ya mencionada Trimurti). Según sus adeptos, Brahma creó el mundo y todo lo que en él hay. Su paralelismo cristiano podría ser Dios Padre y Creador. Visnú, por otro lado, ha bajado a la Tierra en forma humana y de otras criaturas en multitud de ocasiones para salvar a la humanidad de su propio destino. Cada encarnación se denomina avatar y ve su reflejo en la propia encarnación de Jesucristo, que se hizo hombre para salvarnos. Para acabar, difícilmente encontraremos una relación clara entre Shiva y el Espíritu Santo. Mientras el Espíritu Santo es el propio aliento de Dios, señor dador de vida, expresión de amor entre el Padre, el Hijo y la humanidad, Shiva es la deidad destructora que da equilibrio a la actividad creadora de Brahma y protectora de Visnú.

 


Sin embargo, el hinduismo se va trasladando hacia un monismo teológico, es decir, la creencia en una sustancia divina que todo lo baña, Dios, y que se nos revela a través de los diversos dioses.

Quien viaje a Borobudur (en Indonesia), verá en uno de los templos budistas más colosales la representación del nacimiento y vida de Siddhartha Guatama, fundador del budismo. En esta antigua religión cuyo origen data del siglo V a. C. relata como la reina Maya tuvo un sueño con un elefante blanco al que la tradición llama “Animal Santo” (parecido a Espíritu Santo) que se encarnó en ella concibiendo así al joven Siddhartha, el futuro Buda, “el Iluminado”.



En el Corán, el nombre de Jesús aparece repetido más veces que el propio nombre de Mahoma. Se le reconoce como el penúltimo gran profeta, libre de pecado y nacido de una virgen, María. La única mujer con el honor de poner título a una sura coránica (capítulo en el Corán) es el de María, la Virgen según los cristianos. Aquel que crea en Alá habrá de creer y respetar a Jesús y sus enseñanzas, si bien no lo considerará Hijo de Dios o Dios en sí mismo. Consideran que la Trinidad cristiana es una confusión teológica entre 3 personas distintas: Dios, Jesús como profeta (no como dios) y el Arcángel Gabriel (y no como Espíritu Santo).

Representación coránica persa de Jesús y la Virgen María


Un misionero católico me explicaba las dificultades que habían tenido para evangelizar a muchas tribus Masai del norte de Tanzania y sur de Kenia, ya que la creencia autóctona de algunas de estas comunidades cristianas reconoce a un solo Dios que se hizo hombre y vino al mundo para nuestra salvación. Por qué cambiar una religión ancestral por otra extranjera cuando proclaman algo tan parecido, respondía ellos a los misioneros.



La palabra Alá, como Yaveh, no son nombres distintos para Dios, sino que es la traducción al árabe o al hebreo de una realidad atemporal y universal, “Dios”. De este modo los cristianos arabo parlantes del Líbano llaman al Dios cristiano “Alá”, lo mismo hacen los cristianos de Indonesia y Malasia. Alá no es el nombre de Dios, es el vocablo que designa a Dios.






En el Sintoísmo japonés, sus seguidores han percibido la presencia divina en la naturaleza y en el respeto y devoción a sus antepasados. ¿Cuántos en Occidente se han acercado a Dios a través de los que han perdido, de sus difuntos? Por medio de la profunda convicción de que esos que ya no viven no han dejado de existir, siguen ahí.

Las reflexiones y comparaciones pueden prolongarse hasta hacernos caer en la cuenta de que son muchos los vínculos y puntos en común entre las creencias que comunidades separadas entre sí por kilómetros y siglos han establecido o percibido.

Ha estos pilares se les añaden dogmas más o menos importantes. En ocasiones parecen mitológicos, superfluos, que aportan poco a la esencia de la fe. En otras ocasiones son verdades incuestionadas en el pasado que con el tiempo se han visto matizadas o corregidas. Esta misma corrección pone de relieve su posición secundaria, ayudándonos a vislumbrar la pureza de la religión… esa misma pureza que se asemeja, nuevamente, a la esencia de otras religiones.

Querríamos, sin ninguna legitimidad, decir que no puede existir una religión buena, correcta o válida que no busque la paz social y el bien por encima del mal. Sería difícil admitir como religión legítima para comunicarse con Dios alguna de carácter pseudo-satánica, por ejemplo. Y es que el creyente de las grandes religiones suele encontrar en el Ser Trascendental una fuente de felicidad y de paz que llena su espíritu y cuya manifestación mundana más parecida se encuentra en el amor entre familiares, parejas y amigos, que en tanto que amor, es fuente de bondad, fuente del bien. El relativismo inicial empezaría a quedar acotado entonces por el fin social y bondadoso que toda gran religión proclama.



Por último, hay que aclarar la interrelación entre la cultura y la religión para entender por qué alguien reconocerá una religión cómo validad para sí y no otra. Una comunidad cristiana se sentirá cómoda con el cristianismo para acercarse a Dios en tanto y cuando su cultura encaja bien con el cristianismo. Pero no es menos cierto que su cultura encaja con el cristianismo precisamente porque el cristianismo ha perfilado a esa misma cultura con sus elementos básicos. Así, el creyente en Cristo admitirá que la iglesia cristiana le permite conectar con Dios en tanto y cuando sus principios, su lenguaje y mentalidad; es decir, su cultura, se acomoda y adecúa bien al cristianismo, sin quizás darse cuenta de que en parte, su cultura es la que es gracias al cristianismo. Esto se podría recrear nuevamente con el resto de religiones.

No obstante, en algunos casos, personas pertenecientes a una comunidad con un credo mayoritario reconocen por una u otra razón que la religión con la que nacieron y se criaron no establece los vínculos adecuados para conectar con Dios y así, después de una búsqueda espiritual, encuentran otra que les permite iniciar el anhelado diálogo con lo divino.

Llegado a este punto concluimos que desde el punto de vista de un creyente, Dios existe, que todas las culturas lo han percibido de una manera u otra estableciendo un compendio de principios y ritos litúrgicos que ayudan al individuo a conectarse con Él, que estas religiones nacen en un contexto cultural que puede determinar sus propias características y que a la vez pueden determinar las características de otras culturas (nuevas, derivadas o a las que la religión de un lugar original se extiende). La conclusión del creyente termina estableciendo que cree en Dios, que lo percibe y siente, que su religión le sirve para contactarle, que los dogmas y mandamientos son propios de su cultura y que con ellos se puede alcanzar la felicidad y la paz social. La fe, añadida a todo esto, termina reforzando la idea de que es su religión y no las otras, la verdadera, si bien puede respetar al resto aunque los considere equivocados en mayor o menor medida.


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La Vida en un Monasterio Budista



sábado, 23 de noviembre de 2013

              La corrupción es un mal que desgraciadamente sufren casi todos los Estados en mayor o menor medida. Los que pensaban que en España la corrupción se quedaba a nivel de los ayuntamientos y autonomías se sorprendieron al darse cuenta de que los tentáculos de la avaricia de algunos segmentos de la autoridad se extienden más allá de los previsto.



El consuelo es que dicha corrupción suele circunscribirse a las altas esferas y aún no ha mancillado los extractos sociales en los que el común de los mortales se mueve. Es decir, ciertos miembros del ejecutivo juegan con cifras que a la mayoría nos resultan irreales, pero aún no es frecuente enfrentarse a corruptelas por parte de pequeños funcionarios o policías. No vemos normal tener que pagar propina para obtener un servicio público. En otros países éste no es el caso. No es tan extraño, por desgracia,  hallarse en situaciones en las que el ciudadano calcula a la perfección cuánto tendrá que sacar del bolsillo para seguir su camino, conseguir su pasaporte o saltarse una penalización.



Había tenido mucha suerte y cuando me hablaban de esta realidad me seguía pareciendo lejana… una exageración, ciencia ficción. Había vivido en África y residido en el Sudeste Asiático por meses y no me había enfrentado a un caso de esta índole. Esto cambió aquella noche en Yakarta, Indonesia.

Eran las 2 o las 3 de la madrugada. Salía de una discoteca con un par de amigos, ambos italianos. Tomamos un taxi e indicamos al conductor el nombre del local al que nos dirigíamos. Al fin y al cabo era sábado por la noche y tocaba aprovechar. El taxista salió del complejo en el que se encontraba Inmigrant, una selecta discoteca de Yakarta en la que habíamos pasado las horas previas.



El conductor giró y tomó una carretera muy amplia y casi desierta a aquella hora. Unos cuantos árboles cubrían la acera a los lados. De pronto, sin que se pudiera prever en la distancia, saltó a la carretera un hombre con uniforme de policía deteniendo el coche. El agente se acerca a la ventanilla del copiloto donde se sentaba uno de mis amigos y probablemente sonrió para sí al darse cuenta de que éramos extranjeros. Nos sacó del coche y nos llevó tras aquellos árboles, a un rincón algo más iluminado (aun así en penumbra) donde había una mesilla y su motocicleta.

Nos pidió la documentación. No se conformaba con poco, quería nuestros pasaportes. Uno de nosotros lo llevaba, los demás no. Por lo visto el pasaporte ahora tampoco era suficiente, también quería una fotocopia del mismo con un sello del consulado… La escena no podía ser más clara… ya sabíamos lo que buscaba.

“Tenéis que llevar esa documentación. No lo habéis hecho. Habéis infringido la ley. Por eso tenéis que pagarme…”


Así empezamos una discusión: ¿por qué? No tenemos dinero. No podemos llevar el pasaporte con nosotros todo el tiempo, es peligroso…

Su paciencia parecía desbordarse.

“De acuerdo. No quiero vuestro dinero. Vamos a la comisaría”


En aquel momento de indignación creía preferirlo. Mis amigos se negaron de lleno. Después me contaron que eso hubiera sido lo peor que podíamos hacer. Nunca ganaríamos en una discusión contra un policía en comisaría en plena madrugada. Aún más peligroso… habíamos escuchado historias de policías que aseguraban en comisaría que el extranjero había sido encontrado portando drogas mientras muestran una bolsa con la supuesta sustancia que por supuesto nadie había visto antes. No, no. Era mejor pagar e irnos.

Mientras uno de mis compañeros intentaba convencerle de que nos dejara ir tranquilos, uno de nosotros guardó todo su dinero en sus calzoncillos. Yo hice lo posible por ocultar el mío también. El policía sospechó.


- ¡Dadme el dinero!

- No tenemos.

- Si os registro y tenéis será mucho peor.


Uno de nosotros se resignó. Preguntó cuánto y entonces iniciamos la segunda fase de la negociación… buscar un descuento. Terminamos pagando unos 45 €, nos devolvió nuestra documentación nos dejó marchar. No fue excesivamente caro al cambio en euros, pero en rupias indonesias era un pellizco.



El taxi seguía allí. No se movió. Contempló todo, esperó a que volviéramos sin para el taxímetro y nos llevó a casa. La indignación no nos invitaba a continuar la noche. La pregunta era entonces: ¿se trataba de un verdadero policía? ¿Estaba compinchado con el taxista? ¿O por el contrario aquel conductor tenía miedo de salir perjudicado o estaba efectivamente acostumbrado a este tipo de situaciones? Nunca lo sabremos. Fue un día en que perdimos algo de la inocencia con la que tan cómodamente vivimos en Occidente donde este tipo de corrupción y a estos niveles es prácticamente inconcebible.


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sábado, 16 de noviembre de 2013

           Suele decirse que hay dos tipos de personas: los de playa y los de montaña. Si hay que elegir una, yo me quedo con el mar y si toca que ser aún más concreto, con las costas tanzanas. Durante mi estancia en Arusha, al norte de Tanzania, hice una excursión a Pangani con 4 amigos: una estadounidense, un indonesio, una singapurense y un chino. Teníamos preparado un safari. Por fin visitaríamos el Serengueti y el Ngoro-Ngoro; pero el viaje se truncó. Habíamos regateado tanto que al organizador ya no le salían las cuentas y la noche anterior nos dejó colgados. Nos despertamos sin saber qué hacer, cómo aprovechar el puente que nos eximía de trabajar en el Tribunal Penal Internacional para Ruanda. Le dimos varias vueltas hasta que en el monitor de nuestro ordenador seleccionamos el mapa del país… Había una ciudad en la costa; su nombre, Pangani. No lo sabía en aquel momento, pero aquel pueblo acogía uno de los escenarios más bonitos que jamás he visto y al que deseo volver pronto.


Improvisamos una mochila: fuera el camping de safari y dentro la toalla y el bañador. Llamamos a un taxi y nos plantamos en la estación de autobuses. Como en todos los intercambiadores de África, el caos es protagonista. Eran las 11 de la mañana. El autobús estaba a punto de salir. No sabíamos cuánto duraría el trayecto ni cuanto costaba el billete. Nos metimos en el autocar en dirección a Tanga desde donde continuaríamos en taxi hasta Pangani. Pagamos lo que nos pidieron y empezamos un viaje de algo más de 6 horas… El paisaje que se contemplaba desde la ventana no dejaba dormir a nadie: estepas y explanadas, más tarde desierto para después empezar a brotar la vegetación las palmeras y finalmente el olor del Océano Índico.





Al llegar a Tanga cogimos uno de los numerosos taxis que allí esperaban a los recién llegados visitantes. Regateamos como de costumbre e iniciamos el último tramo de nuestro viaje: hacia Pangani, al hotel PEPONI. Ya había caído la noche y por esa precaria carretera caminaban y montaban en bici los locales… en la completa oscuridad. Al pasar el coche por su lado, nuestros faroles daban un respiro a aquellos ciclistas; no obstante, al alejarse nuevamente volvían a quedar envueltos en la sombra.

Habíamos llegado. Un restaurante, un grupo de amigos franceses de avanzada edad y nosotros. Estaba regentado por un tanzano inglés (hijo de antiguos colonos) y su hija. El señor nos dio la bienvenida, nos ofreció algo de cenar y nos indicó, para nuestro agrado, que el mar estaba justo ahí.

Tres de mis amigos tomaron una habitación. Otro y yo preferimos la opción más económica e instalar nuestra tienda de campaña en la zona que el complejo habilitaba para ello, al lado de la playa, con cubierta y tomas de electricidad en varios postes por allá repartidos. Tras cenar, cogimos la toallas, un candil, una botella de ginebra y nos sentamos en aquella oscura playa. No fue hasta el amanecer que nos percatamos de la belleza de aquel océano.



Nos despertamos temprano. Queríamos ver salir el Sol. Poco a poco el negro del noche se iba transformando en un místico celeste. En la costa continental tanzana la marea se retira cientos y cientos de metros de la orilla dejando una infinita lámina de agua casi encharcada que no cubre por encima de los tobillos. A lo lejos se divisaban pequeñas barcas pesqueras. Me eché a caminar hasta ellos sin que el agua me cubriera. Al alcanzar al pescador que achicaba agua de la embarcación con un bidón por la mitad cortado, decidí estrenar mi recién aprendido y aún muy pobre suajili: “ninapanda” “¿Subo?”. Aquel señor sonrió y me invitó a su barco. Comencé a ayudarle a achicar agua y después de un tiempo le dejé continuar con su trabajo.







Desayunamos y nos preparamos para nuestra excursión. Un barquito velero nos llevaría a hacer snorkeling para terminar visitando una isla, “Sand Island”, donde almorzaríamos… Todo aquello por 12 dólares. Nos dieron el material para bucear y empezamos a caminar mar adentro hasta que la orilla parecía una línea lejana en el horizonte, si bien el agua seguía sin cubrirnos.

Los marineros tanzanos capitaneaban el barco. Disfrutamos de los arrecifes de corales en 3 lugares distintos. Este lado de la costa africana es rico en su fondo marino ofreciendo una magnífica experiencia para el amante del snorkeling.









Seguimos navegando. De repente una línea blanca y distante apareció en medio del océano. Dicha franja fue engordando poco a poco hasta que fue evidente reconocerla: era una isla. En realidad, al contratar la excursión no sabíamos nada de aquel sitio. Fue una sorpresa. El agua que rodeaba a esa diminuta isla en medio de la nada era transparente y de un pálido celeste. Ni un árbol, ni un alma. Tan sólo ese banco de arena que el océano nos había obsequiado. Se trataba de un escenario idílico, paradisíaco. Una micro isla para ti y tus amigos, con comida y buceo… por 12 dólares.



Como niños corrimos de un lado a otro, jugamos en el mar, con la arena y finalmente nos relajamos. Llegada la hora de comer, la tribulación improvisó un toldo en medio de la isla con cuatro palos. Sándwich y un refresco. No se podía pedir nada más. No suelo volver a sitios en los que ya estuve… Hay demasiado  por conocer en el mundo. Pero Pangani, Peponi (que además significa paraíso) y la Sand Island son una excepción.









Casi sin darnos cuenta la isla fue menguando. Poco a poco el océano la fue aniquilando, absorbiendo. Era hora de marcharse. La marea subía y para cuando empezamos a alejarnos al ritmo del soplo del viento, aquella inmensa masa de agua había fagocitado ese paraíso... hasta la mañana siguiente, como todos los días.



El final del día fue cubierto con un agradable paseo por la costa, por los manglares, un baño en la piscina y una incipiente insolación. Caímos rendidos y tras un festín de marisco (extremadamente barato), nos fuimos a dormir.




Queríamos asegurarnos de que podríamos coger el autobús que por allí pasaba. Que no perderíamos nuestro autocar en Tanga. La furgoneta que nos tenía que recoger pasó de largo. Empezamos a preocuparnos. Fue entonces cuando extendimos nuestro brazo y paramos a la primera camioneta que pasó. Un transportista de sacos de pescado seco aceptó a llevarnos. Durante más de una hora y sentados sobre aquellos sacos pudimos disfrutar del atestado automóvil que además compartíamos con otros viajeros. En un momento determinado nos paró la policía. Aquel tanzano uniformado se sorprendió al ver a 5 extranjeros sentados sobre la carga de la furgoneta. Podía chapurrear el inglés. Nos hizo un par de preguntas y nos deseó un buen viaje. Seguramente nos inquietamos al pensar que quizás tendríamos algún problemas, pero no sucedió nada.

Llegamos a Tanga y nos lanzamos a nuestro autobús de las 11. Por el camino y en cada estación los vendedores desesperados golpeaban las ventanas para llamar nuestra atención y así comprar fruta, galletas, zumos. Todos repetían la palabra “muzungu” que significa “blanco”. Cada viaje en autobús seguía siempre el mismo patrón. Era siempre una aventura. Por fin llegamos a Arusha, a nuestra casa, cansados después de un largo viaje, tras una corta visita al paraíso al que tanto deseo regresar.

Ya ha pasado más de un año de aquella escapada y sigo en contacto con aquellos amigos. Una trabaja para el gobierno en Singapur, otro para una compañía de comunicación en Indonesia y mi amigo chino cofundó una ONG para promocionar el Derecho Penal Internacional en China (CIICJ).


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Cuando pisé Tanzania, cuando pisé África


domingo, 10 de noviembre de 2013

         Durante mi viaje a Myanmar (Birmania), disfruté especialmente del día que pasé en la ciudad de Bago. Allí se encuentra el segundo monasterio busdista theravada más grande del país. La visita no estaba organizada. Un motorista que me presentaron en un restaurante al lado de la parada del autobús se ofreció a enseñarme lo más importante de la ciudad incluyendo una ilustrativa visita al monasterio de los seguidores de Buda.



Del mismo modo que el Cristianismo está dividido en ramas como la Ortodoxa, la Católica, la Protestante; o el Islam entre sunníes o shíitas, principalmente; el Budismo se halla escindido en dos grandes grupos: el Theravada y el Mahayana. Se suele describir uno y otro a grandes rasgos con una simple carácterística: su grado de dureza. Mahayana significa “gran vehículo”, un camino más flexible en el que más personas caben en su anhelos por llegar al Nirvana. Theravada, que denota “pequeño vehículo” parece más selecto y sus inquebrantables normas de conducta restrigen a sus seguidores su llegada a la liberación del deseo y de la rueda de la reencarnación. Mientras la denominación Mahayana cuenta con más adeptos en China y Mongolia, aquellos creyentes del Budismo Theravada son mayoría en el Sudeste Asiático budista. Birmania es uno de estos países.

Así pues, el monasterio Kha Khat Wain Kyaung era budista y theravada, uno de los más importantes de la nación. Allí vi como más 500 varones entre, jóvenes novicios, monjes y maestros, vivían y estudiaban las lecciones de Siddhartha Gautama (también conocido como Buda, “el Iluminado”) en el marco de una ordenada convivencia y obedencia a los orarios establecidos.


La agenda de un día normal sería la siguiente:

4:00 – Hora de despertarse
5:00 - 7:00 – Recolección de donaciones en la ciudad
7:00 – 9:00 – Primera sesión de estudio
9:00 – 11:00 – Descanso
11:00 – 11:45 – Comida
11:45 – 13:00 – Descanso
13:00 – 15:00 – Segunda sesión de estudio
15:00 – 17:00 – Descanso
17:00 – 19:00 – Tercera sesión de estudio
19:00 – 21:00 – Oración
21:00 – 4:00 – Dormir

Cada mañana madrugadora de mi viaje me había cruzado con algún grupo de jóvenes novios o monjes que coloreando el amanecer con sus túnicas burdeos o naranjas iban recolectando comida y donaciones entre los viandantes de todo pueblo y ciudad del país. Cada uno llevaba un recipiente de forma redonda colgado  del hombro donde guardaba cualquier regalo que procuraría buen kharma al donante. Una vez di una humilde limosna a uno de estos religiosos en mi camino al trabajo en Camboya (donde la práctica es la misma) y recuerdo como me miró extrañado al tiempo que daba las gracias… “¿un barang (palabra con la que los camboyanos llaman a los extranjeros blancos)… budista?”



Cuando llegué al monasterio me descalcé y seguí a mi guía hasta la sala de enseñanza y oraciones, la más grande del complejo. Allí los monjes organizados por edades permanecían sentados mientras estudiaban pali, lengua cercana al sánscrito en la que las enseñanzas de Buda fueron transcritas. Los estudiantes se organizaban en 3 niveles según edad y años de aprendizaje. Los mayores toman asiento en la primera hileraa mientras los alevines se quedan en la parte de atrás. Cada uno lleva sus libros donde reescriben los versículos en pali que irán aprendiendo, asimilando y memorizando.


Me senté entre ellos y estuve charlando un poco. Eran sólo niños, muy jóvenes. Les preguntaba que si estaban contentos, si querían estar ahí y si deseaban ser monjes budistas para el resto de sus vidas. Sus respuestas connotaban madurez: 


Sí, somos felices aquí y si algún día nos cansamos, no hay más que abandonar el monasterio.

En Birmania, como en otros países budistas de la región, ser monje es una fuente de honra y prestigio para la familia. Casi todos los hombres pasan alguna vez por el monasterio: algunos se quedan de por vida, otros pasan algunos años y otros tantos tan sólo permanecen algunas semanas o días.


No quería interrumpir más la hora de estudio de los novicios. Al fin y al cabo tienen que estar preparados para presentarse y aprobar sus exámenes dentro del monasterio al final del “curso” que dura 9 meses. Después de las pruebas tendrán sus 3 meses de vacaciones cuando se reencontrarán con sus padres y regresarán a sus aldeas natales.

Tal y como les saludé, me despedí dando las gracias añadiendo la palabra “Phía” al final. Phía significa Buda, señor… y la forma en que se usa se asemeja al “padre” con que se refiere alguien a un sacerdote católico.

Fui entonces a ver los dormitorios y los baños. Cada dormitorio acogía a 20 personas. La decoración era austera. Por respeto, no tomé ninguna foto. Las esterillas sobre el suelo eran sus camas y algunas cortinas podían dividir el habitaculo regalando así algo de privacidad. Lo más interesante era ver posters pegados en la pared de la líder de la oposicion birmana y premio Nobel del Paz, Aung San Suu Kyi. También era especialmente bonito contemplar como las túnicas ondeaban colgadas para secarse después de que cada monje lavase la suya. Cada religioso suele contar con tres hábitos que irá usando a los largo de la semana.




El baño se hacía alrededor de una especie de alberca llena de agua. Desde lejos sin que se dieran cuenta vi como tres novicios jugaban y se peleaban en broma. Sus hábitos no les impedían comportarse como los niños que eran de vez en cuando.




Finalmente los pasillos que comunicaban unas y otra dependencias del complejo conducían hasta la cocina y comedor. Las mesas redondas podían acomodar a hasta 5 monjes. El menú era casi siempre el mismo: arroz y curry. En ocasión de generosas donaciones se deleitaban con una sopa y carne (jamás ternera ya que está prohibida para los budistas). Es durante la comida donde el Budismo Theravada se muestra nuevamente más duro que el Mahayana, pues los comensales no pueden hablar ni mirarse mientras se alimentan. 




La cocina al final de la sala se podría describir como rústica y humilde. Un horno de leña y los instrumentos necesarios para cocinar a diario kilos y kilos de arroz eran los protagonistas.











Fue uno de los momentos que más disfruté de mi viaje por Myanmar y en el que más aprendí. En aquel monasterio se respiraba espiritualidad, pero también conocimiento, cultura y un gran sentido de sacrificio.


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